—Ahí tienes—murmuró dirigiéndose á su sobrina, que pasado el espasmo se había quedado como aturdida, con dos lágrimas que le asomaban al canto de los lagrimales—mira si es verdad lo que tanto te hace reir, que ahora me veo en el apuro de ignorar qué fiera es esta que se me ha domiciliado en la mano.

—¿Esa?—balbució la niña como saliendo de un letargo—es una mariquita de Dios.

—¿Y por qué se está tan quieto este bicho divino?

—¿Quiere que vuele? Yo la haré volar enseguida.

—¿Pinchándola? No. Mira que yo, aquí donde me ves con estas barbas, no puedo sufrir que se lastime á ningún animal.

—¿Piensa que yo soy un verdugo? Verá cómo vuela solo con hablarle.

Y la niña, acercándose tanto á la mano de su tío que éste sintió el húmedo calor y la frescura de su sano aliento, murmuró misteriosamente:

Mariquiña, voa, voa, que ch’ei de dar pan é ceboa.

A las primeras sílabas del conjuro el insecto se bullió; á las segundas removió sus patas, que parecían hechas de cabitos cortos de seda negra; á las terceras entreabrió las alas de coral, descubriendo debajo otras de gasa, de sombría irisación, que tenía replegadas como las alas membranosas del murciélago; y antes de que la fórmula cabalística terminase, alzó el vuelo rápidamente y se perdió en el aire.

—No he visto en los días de la vida animal más bien mandado—observó Gabriel un tanto sorprendido.—¿Obedecen así los demás bicharracos?