Lo cierto es que el artillero pensaba ahogarse. Desde los tiempos en que andaba á la greña con los carlistas, no había pasado sofocón por el estilo, y el andar rápido de la muchacha le ponía á prueba. Pero antes mártir que confesor. No quería darse por vencido ante un poco de sol, y, como todos los enamorados, quería alardear de vigor y salud.

—Vaya, vaya—dijo con graciosa roncería su sobrina—que si yo lo llevase allí (y señaló una cumbre no muy distante, que herida por el sol brillaba con resplandores micáceos), ya veríamos si podía volver por su pie.

—Niña... ¿pero tú te imaginas que nunca he escalado montes? ¡Caramba, hija! Y con la batería, que es un poco más peliagudo. ¿Cómo se llama esa altura?

—Pico-Medelo. Otro día iremos allá, ya que se hace de tan valiente, á ver quien saca la lengua primero; pero hay que salir por la fresquita de la mañana y entonces se ve desde allí una vista tan preciosa, que no sé: dicen que hasta se ve algo de Portugal. Es preciso que sea un día que sople vendabal, porque con él se ve más lejos que con el nordés. Y allí hay unas piedras viejísimas que dice que fueron de un castillo del tiempo...

La montañesa reflexionó, llamando en su ayuda todo su caudal de erudición.

—Del tiempo de los moros—exclamó al fin muy formal.

Viendo en el rostro de Gabriel una media sonrisa cariñosísima, añadió:

—¡Bah! Me hace burla. Pues no le vuelvo á contar nada. ¡Cuidado ahí! Que se puede resbalar en las hierbas, y ¡pataplum!

Seguían orillando el diminuto barranco, en cuyo fondo iba cautivo un riachuelo que después se tendía encharcándose, antes de llegar al molino, invisible aún. La proximidad del agua y la sombra de los olmos, en tal momento, hacían del barranco un oasis. Entapizaban la superficie de la charca esas plantas acuáticas, esas menudísimas ovas que parecen lentejuelas verdegay, y engañan la vista representando una continuación del prado: Manuela avisó al artillero, cogiéndole del brazo, para que no metiese la bota entera y verdadera en el río. Al borde de la charca se arrastraban rojizas babosas y limazas negras de una cuarta de largo: daba grima pisarlas por la resistencia elástica que oponía su cuerpo. Espadañas, gladiolos y juncos elevaban sus lanzas airosas al borde del agua. El terreno estaba empapado, y la suela de la bota de Gabriel, al posarse en la hierba, dejaba un ligero charco, borrado al punto. Oíase, misterioso y grave, el ruido del agua en la presa. Manuela se volvió de pronto.

—¿Sabe pescar?—dijo á su tío.