—¡En qué aprieto me pones! Jamás he cogido una caña, ni una red, ni...
—¡Qué lástima! Si Perucho viniese, esta noche de seguro que cenábamos una anguila tan gorda como mi brazo (y ceñía la manga de su traje para que se viese bien el grosor de la anguila.) Las hay hermosas en la presa. Entre el mismo barro las pescan con un pincho... Hay que remangarse...
—Vea usted—pensaba para sí el artillero.—¿De qué me sirven aquí filosofías ni matemáticas? Me convendría mucho, para conquistar á esta criatura, pescar anguilas. Yo aquí soy un sér inútil.
Rota la cortina de olmos, apareció el estanque de la presa, del cual emergían los escobones de las poas y las flores rosas de la salvia: el agua se precipitaba espumante, pero Manuela vió con sorpresa paradas las paletas del molino.
—Hoy no muele—dijo meneando la cabeza.—Ya me figuro por qué será; pero venga, que preguntamos.
Desandó lo andado, y volviendo á meterse por entre los olmos, torció á la derecha por un maizal, y pararon ante una era mucho más chica que la de los Pazos, cerrada por humilde tapia. Un perro de amarillento pelaje, atado á una cuerda al pie del hórreo, saltó ladrando como una fiera y arrojándose á morder; pero á la puerta de una casuca asomó una mujer anciana, y amansó al fiel vigilante con un—¡Quieto, can!—que en sus labios sonaba como regaño de persona cortés al criado que recibe mal una visita.
—Entren, entren, mi ama y la compañía—suplicaba obsequiosamente la vieja, riéndose con desdentada boca. Gabriel miró á la mujer y la encontró típica. Representaba unos sesenta años: el sol había curtido su piel, que en los sitios donde sobresalen los huesos tenía el bruñido y la lisura de la piel de los arneses cuando el uso la avellana. Sus ojos grises, incoloros, hacían un guiño entre malicioso y humilde; su pescuezo colgaba en pellejos negruzcos, confundiéndose su color y la sombra del arranque del pelo, única parte que descubría el pañuelo atado á la usanza campesina, con una punta colgando sobre la espalda y dos cruzadas encima de la frente, á modo de orejas de liebre. Llevaba pendientes de prehistórica forma, parecidos á los que tal vez se encuentran en alguna sepultura; y el cruce de otro pañuelo sobre su pecho dejaba adivinar senos flojos de hembra cansada de criar numerosa prole. Remangadas las mangas de la camisa, se ostentaba su brazo—un poema de laboriosidad, un brazo en que las finas venas azules, que al escotarse las damas atraen la vista como el jaspeado de un rico mármol, eran gruesos troncos negruzcos, cuyas raíces se destacaban en relieve sobre la carne terrosa, parecida á barro groseramente cocido.—El semblante de la vieja respiraba satisfacción y amabilidad, y guiaba á los visitadores hacia su casa como si les fuese á hacer los honores de un palacio.
A la puerta estaba un rapazuelo como de dos años, de esos que se ven jugar ante todas las casucas de labrador gallego: cabeza grande, pelo casi blanco de puro rubio, muy lacio y que cae hasta la nariz, barriguilla hidrópica, fruto de la alimentación vegetal, sayo que respinga por delante, pies zambos, magníficos ojos negros que se clavan fascinados de terror en el que llega, el índice metido en la boca, y suspensa la respiración. El rapaz lucía un sombrero de paja con cinta negra, en el estado más lastimoso. La abuela, al entrar precediendo á Manolita y Gabriel, le dió un pequeño lapo para que se apartase, y en dialecto explicó, repitiendo cada cosa cien veces y con las mismas palabras, que los chiquillos eran unos demonios, que á éste y á su hermana los había tenido que encerrar en el sobrado para poder cocer con sosiego, que hacía más de dos horas que pedían bola, aun antes de estar amasada la harina y caliente el horno, y que si no le bastaba haber cuidado tantos hijos, ahora le caían encima los nietos.
—Son los chiquillos del molinero—dijo Manolita alzando al muñeco panzudo y besándolo en la faz, sin asco del amasijo de tierra y algo peor que le cubría nariz y boca.—¿Y... por qué no está hoy su hijo en el molino, señora Andrea?—preguntó á la vieja.
—¡Ay mi ama... palomiña querida!—exclamó lastimosamente ésta, levantando al cielo las manos, como para tomarlo por testigo de alguna gran iniquidad.—¿Y no sabe que estos días, con el cuento de la siega... de la maja... no sabe cómo andan, paloma?