Al entrar en la casa, lo primero que vió Gabriel fueron las cabezas de dos hermosos bueyes de labor, que asomaban casi á flor de suelo, saliendo de un establo excavado más hondo. A un lado y otro, haces de hierba. A izquierda, la subida al sobrado, donde estaban las mejores habitaciones de la casa: una escalera endiablada y pina, por donde treparon todos, y tras ellos, á gatas, el chicuelo. Arriba encontraron á su hermanilla, morena de cuatro años, hosca, ojinegra, redondita de facciones; cuando le alabaron su hermosura tío y sobrina, respondióles la vieja con afable sonrisa:

—De hoy en un año andará por ahí con la cuerda de la vaca...

Gabriel sintió un estremecimiento humanitario. ¡Con la vaca, aquella criaturita poco más alta que un abanico cerrado, aquel sér lindo y frágil, aquellas mejillas que pedían besos; una cuerda gruesa, áspera, enrollada á aquella muñequita débil! En dos minutos la incorregible fantasía le sugirió mil disparates, entre ellos adoptar á la niña; todo paró en echar mano al bolsillo para darle una moneda de plata; pero se había dejado en los Pazos el portamonedas, y sólo encontró el pañuelo. Este era de los más elegantes para viaje y campo, de finísimo fular blanco, y las iniciales bordadas con seda negra. Se lo ató al cuello á la chiquilla, que bajaba los ojos asombrada y dudosa entre reir ó llorar.

—¿Cómo se dice? Se dice gracias, Dios se lo pague—gritó la abuela con mucha severidad; por lo cual la niña, volviendo la cabeza, optó por hacer un puchero de llanto. Vieron el sobrado en dos minutos: había el leito ó cajón matrimonial, y la cama de la vieja, un brazado de paja fresca sobre una tarima desde que se le había muerto su difuntiño, no podía dormir sino allí, porque tenía miedo en el antiguo leito. Los chiquillos dormirían... sabe Dios dónde: abajo, al calor del establo de los bueyes, ó tal vez en el horno. Dos ó tres gatos cachorros correteaban por allí, magros, mohínos, atacados de esa neurosis que en el país les curan radicalmente cercenándoles de un hachazo la punta del rabo. Otro gatazo lucio y hermosísimo salió á recibir á la gente que bajaba del sobrado: era de los que llaman malteses, fondo blanco, manchas anaranjadas y negras distribuídas con la graciosa disimetría que embellece la piel del tigre. Manuela se inquietó al ver al pequeñuelo rubio descender solito por la escalera sin balaústre: la abuela se encogió de hombros: ¡bah! á los chiquillos los guarda el diablo: ¿pues no se había quedado un día colgado del primer escalón, sosteniéndose con las uñas y berreando hasta que lo fueron á coger? Esa clase de hierba nunca muere... Que pasasen, que verían su bolla... Entraron en la cocina, que cogía á la derecha tanto trecho como los establos y el sobrado: recibía luz por la puerta de la división de tablas, que comunicaba con el corredor, y una poca más se colaba libremente por el techado á tejavana; es verdad que también la iluminaban los hilos de brasa de unos tallos ó troncos menudos que ardían en el hogar. Encendió la vieja un fósforo, y enseñó orgullosamente un magnífico pan, una soberbia torta de brona, color de castaña madura, bien redonda, bien cocida, bien combada hacia el medio, bien cruzada de rayas formando un enrejado romboidal. Alumbró después con su fósforo las profundidades del horno, cuya boca guarnecían ascuas inflamadas, y allá en el fondo se vieron tres ó cuatro torterones enormes, que acababan de cocerse. En el hogar resonaba un coro de grillos, muy bien afinado; un concierto misterioso, que sin lastimar el oído, vencía la tristeza del silencio. La vieja partió la torta, y alargó un pedazo á Gabriel y otro á Manolita, rogándoles que no la despreciasen, que probasen su pobreza. Hincaron el diente en el pan, de bonísima gana: al partirse el cortezón, descubría una masa amarilla, caliente y sabrosa, que Manuela alabó mucho.

—Pero, señora Andrea, ¿qué le echa á la brona? Por fuerza esta mujer es meiga, y tiene algún secreto... Si parece bizcocho de Vilamorta.

—¡Ay mi ama, paloma! Ni siquiera mistura llevó, que se nos acabó el centeno y está el nuevo por majar aún... Cuando lo haya, entonces me ha de venir á probar mi bola...

—Pues está mucho mejor hecha que la de casa; vaya si está... ¿Le gusta, tío Gabriel?

—Riquísima..... La mejor prueba es que he despachado la mía ya..... ¿Me das de la tuya?

—Tome, tome, señor—murmuró la paisana ofreciendo otro trozo: pero al ver, á la luz del fósforo, el rostro de Gabriel vuelto hacia su sobrina implorando el pedazo que la niña mordía aún, con la rápida intuición y la astuta sagacidad de las gentes del campo, bajó lentamente el brazo y no insistió en el ofrecimiento. Cuando salieron, llamó la atención de Gabriel, enseñándole las puertas de su casa, todas carcomidas.

—Señor—dijo en tono quejumbroso—¿y no le ha de decir al señor marqués ó al señor Angel que nos ponga unas puertas nuevas? Estamos sin defensa, señor, sin defensa para el invierno... ¿Si entra gente mala y nos roban nuestra pobreza toda, señor?... Mi ama ¿no lo ha de decir en casa, por el alma de quien la parió, paloma?