—Calle, calle—respondía Manuela;—que si les hiciesen caso, estaría siempre el carpintero amañándoles algo.

—Pero mire, santa, mire...—Y la vieja arrancaba con los dedos astillas del podrido maderamen para demostrar la justicia de su pretensión. Los chiquillos, domesticados ya, venían á enredarse entre las piernas: Gabriel hubiera dado dos duros por tener allí uno, en pesetas, y repartirlas á aquella tropa.

—Os he de traer una cosa...—les dijo besándolos con tanta resolución como su sobrina. El rapaz continuaba con su pucho encasquetado; la abuela se lo derribó, advirtiéndole con la misma severidad de antes:

—¿No se dice besustélamano? ¿Ó cómo se dice?—Y arrancando la cobertera de la cabeza de su nieto, la mostró á Gabriel metiendo los cinco dedos por otros tantos agujeros fenomenales: podían creerle que era un sombrero nuevecito, comprado en la última feria de Cebre; pero al enemigo del rapaz, ¿qué se le había ocurrido hacer? pues con la hoz de segar la yerba, lo había segado, perdonando ustedes... y así estaba ahora, que parecía un Antruejo (Antroido). Con esto, la buena de la vieja acompañó á las visitas hasta el límite de su era, á fin de librarlos del colmilludo mastín, y los despidió con un ¡vayan muy dichosos! que ahogaron los ladridos del vigilante.

—Vaya, ¿se divirtió?—preguntó Manuela muy risueña al salir.

—No sabes cuánto, hija. No doy lo que acabo de ver por las más pintadas distracciones que puede ofrecer un pueblo. Chiquilla, no sólo me divierte, sino que me interesa... pero no sabes cómo. ¿No te parece á ti que daría gusto ir entrando así en todas las casas de estas pobres gentes, una por una, y enterarse de lo que necesitan, de lo que quieren, de lo que piensan...?

—¡Ay! son tantas cosas las que necesitan... Á mí y á Perucho nos rompen siempre los oídos pidiendo... Que una chaminé porque los mata el humo; que rebaja del arriendo porque la cosecha fué mala; que perdón de la renta de castañas porque no se cogieron... El diablo y su madre. Si uno pudiera... Pero mi padre y Angel no hacen caso maldito... Son muy pedigüeños; lo que es eso es la pura verdad. Yo... dar... les doy lo que tengo: toda mi ropa vieja... pero es poquita.

Gabriel Pardo, olvidando ideas humanitarias y fantasías sociológicas, sintió al oir estas frases, que dijo Manolita con acento alegre é indiferente, tiernísima compasión por su sobrina; y la miró de tal manera, que la montañesa volvió el rostro y cogió una rama del espliego que formaba el seto del huerto de la señora Andrea. Gabriel se alegró de la turbación de la niña. Le parecía imposible haberla amansado tanto en tan corto tiempo: indiferente del todo hacía pocas horas en la era, áspera por la mañana, se había ablandado, conversaba familiar é íntimamente con él, se pasaba el día acompañándolo, sin dar muestras de cansancio ni de fastidio; más aún: sentía involuntariamente el poder de aquel afecto nuevo, no se enojaba por miradas claras y expresivas ni por palabras ó movimientos afectuosos; era en suma una cera virgen, y Gabriel presentía enagenado los deliciosos relieves que un hombre como él sabría imprimirle. Resolvió no espantar á la cierva, no insinuarse más por no perder las conseguidas ventajas; seguir aprovechándolas, haciéndose simpático, adquiriendo cierto ascendiente sobre Manuela y aguardar un momento favorable.

Bajaron hacia el fondo del valle, donde debía estar terminándose la faena de la siega. De repente, recordó algo el artillero:

—Tengo que ver al señor cura... ¿Me llevas allá?