—Señor, ¿y ha de volver pronto para el chocolate?—preguntaba Goros partiendo astillas de leña menuda contra el hueso de la tibia derecha—(es de advertir que el fámulo tenía carne de perro). ¿Parará mucho en el Camposanto hoy?

Un levísimo matiz sonrosado aparecía en los desecados pómulos del cura, que contestaba haciéndose el distraído:

—Tú prepara el chocolate... y si se enfría... lo arrimas un poquito á la lumbre...

—Se echará de pierda—contestaba Goros que solía tratar con notable desenfado á la lengua castellana.

—No, hombre... siempre está bueno á cualquier hora.

No se atrevía el criado á porfiar. Aquella suavidad y mansedumbre le imponían silencio y obediencia, mejor que ningún regaño. Batía su chocolate con resignación y aguardaba.

También por las tardes solía el cura entretenerse más de la cuenta en el dichoso cementerio, y Goros, después de la puesta del sol no dejaba de recelar que le sucediese algo; no sabía explicar qué, pues ningún riesgo concreto había en el breve camino de la iglesia á la rectoral. La inquietud le obligaba á situarse de centinela junto á la puerta del huerto por donde solía entrar su amo. Allí se lo encontraron las dos visitas inesperadas que fueron á turbar el sosiego de la vida ascética del abad de Ulloa.

La montañesa y su tío pusieron el pie en el huerto del cura cuando ya el sol declinaba. Una gran melancolía inundaba el huerto, cuya puerta abrió Goros de par en par, deshaciéndose en muestras de cortesía debidas á la presencia de Gabriel, pues á Manolita no era novedad verla por allí de tarde en tarde, y se la recibía como niña á quien el cura había tenido mil veces en brazos de chiquita, pero las trazas del comandante impusieron respeto al tosco fámulo.

—De contadito llega el señor abade...—murmuraba éste.—Entren, pasen, siéntense.... ¿Ven? ya viene por allá...

Sobre la zona encendida del poniente, en el camino hondo, vieron tío y sobrina moverse y aproximarse una figura negra, y conforme se aproximaba, distinguía Gabriel sus contornos angulosos, acusados por la raída sotanuela, y su cabeza pálida, exangüe, en que dibujaban dos agujeros de sombra las concavidades de los ojos.