—¡Don Julián, don Julián!—gritó Manuela.

El cura apretó el paso, y al tenerlo cerca, Gabriel reparó atónito en el carácter de su fisonomía, en el rostro demacrado, tan semejante á esas caras de frailes penitentes que surgen de un fondo de betún sobre las paredes de refectorios y sacristías antiguas; en los ojos cavos, de párpado delgadísimo, que dejaba transparentar el globo de la órbita; en el pliegue de la boca, semejante á un candado que cerrase las puertas del alma. No parecía muy viejo el cura de Ulloa; pero se veía en él la anulación del cuerpo. En aquella espléndida tarde de verano, impregnada de calor, de vida, de fecundidad y regocijo, Gabriel sintió, al ver al abad, repentino frío en la espalda, y el recuerdo de su hermana muerta cayó sobre él como el velo negro sobre la cabeza del sentenciado.

Adelantóse no obstante, y con el mayor respeto tomó la mano del abad y aplicó á ella los labios. De puro sorprendido, no retiró la diestra Julián; pero á sus macerados pómulos afluyó un poco de sangre... y balbuceó, clavando los ojos en tierra:

—Señor... señor...

—Para servir á usted, Gabriel Pardo de la Lage, el hermano de Marcelina...

La ola de sangre subió á la frente del cura, bajó á las orejas, al cogote y pescuezo; un temblor agitó la cabeza y la mano que el artillero no había soltado aún. De repente, el cura se echó hacia atrás, desprendió la mano, y la llevó á la frente, al mismo tiempo que se apoyaba en la tapia del huerto. Ya se acercaba el artillero para sostenerle; pero recobrando su continente absorto y como fantasmagórico, al cual contribuían los ojos siempre bajos, el abad murmuró:

—Por muchos años... Servidor de usted... Sea usted muy bien venido... Pase, suba; en la sala estará más cómodo que aquí.

—¿Yo no soy nadie, don Julián?—preguntó Manuela ofendida de que el cura no hubiese contestado á su saludo.

—¿Qué tal, Manolita?—exclamó Julián, y alzando los ojos, miró á la niña con indulgencia, aunque sin calor. Pero fué obra de un minuto. La cortina de los párpados volvió á caer, y el cura echó á andar, señalando á sus visitas el camino de la sala. Gabriel protestó: prefería quedarse en el huerto; y se sentaron en un banco de piedra, frente á unas coles. La conversación languidecía. El cura preguntaba acerca del viaje y del vuelco, y después de oída la respuesta, transcurría un minuto de silencio. No sabía el artillero qué decir: todo cuanto hablaba, y hasta el sonido de su voz, le parecía extraño y fuera de sazón, y sentía ese recelo, esa cautela y esa especie de sordina en el acento, en los movimientos y hasta en la mirada que procuran adoptar los profanos cuando visitan. ¡Extraña sensación! Nada de cuanto diga yo—pensaba Gabriel—puede interesar á este santo: estamos en dos mundos diferentes: á él le parece extraño mi lenguaje, y no me entiende; y lo que es yo, tampoco le entiendo á él. ¡Un creyente á puño cerrado!—Y miraba con atención el rostro ascético y los ojos bajos.—Un hombre que tiene fe... ¿Qué le importa lo que á mí me preocupa? ¿Cómo haré para marcharme pronto, sin que parezca descortesía?

Su sobrina le dió el pretexto. Era tarde; había que estar en los Pazos para la cena. Y se despidieron, siempre con la misma amabilidad triste y forzada por parte del abad, y el mismo inexplicable recelo por la de Gabriel. Caminaron en silencio al salir de la rectoral: parecía que algo les pesaba sobre el corazón. Al acercarse á los Pazos, oyeron el alegre vocerío de segadores y segadoras, y Gabriel, divisando á su cuñado que presidía la faena, tomó hacia el campo donde segaban. Sobre el fondo oscuro de la tierra vió blanquear las camisas y sayas, las fajas rojas y los pañuelos azules de labriegos y labriegas; contra un matorral descansaba un jarro de barro, y la cuadrilla, entonando su inevitable ¡ay... lé lé! se daba prisa á atar los haces, sirviéndose de las rodillas para apretar la mies. El olor embriagador de los tallos cortados embalsamaba el aire, y el artillero sintió una ráfaga de alegría y contempló embelesado el cuadro.