Mientras tanto, Manolita, andando despacio y pensativa, tomaba el senderito que conducía á la linde del bosque. Parecía, por su frecuente volver la cabeza hacia todos lados, como si buscase ó aguardase impaciente alguna cosa. Atravesó el soto: una neblina ligera, producida por el gran calor de todo el día, se alzaba del suelo, y los dardos de oro del sol no atravesaban ya el follaje. Al salir de la espesura, un hombre se irguió de repente ante la montañesa. El chillido que acudía á la garganta de Manuela se convirtió en risa alegre, conociendo á Perucho; mas la risa se apagó al ver la cara demudada del muchacho, sus ojos que despedían fuego, su actitud de dolor sombrío, nueva en él. Manuela le miró ansiosa, y el mancebo, después de considerarla fijamente algunos segundos, le volvió la espalda, encogiéndose de hombros. La niña sintió en el corazón dolor agudo.

—¡Pedro!—gritó. Muy rara vez le había llamado así.

Él se alejaba despacio. De repente dió la vuelta, y corriendo, tomó en sus brazos á la montañesa, la alzó del suelo con ímpetu sobrehumano, y la estrujó contra su cuerpo, oprimiéndole las costillas é interceptándole la respiración. Y pegando la boca á su oreja, tartamudeó:

—Mañana sales conmigo, conmigo nada más.

La niña jadeaba con dulcísima fatiga, y la voz de Perucho, sonando en el hueco de su oído, le parecía sorda y atronadora como el ruido del Avieiro al saltar en las rocas. Un frío sutil corría por sus venas, y una felicidad sin nombre ni medida la agobiaba. Con la cabeza dijo que sí.

—¿Conmigo? ¿todo el día? ¿me das palabra?

—Sí—balbució ella, incapaz de articular otra frase.

—Pues á las seis sales por el corral. Allí estoy yo esperando. ¡Adiós!

Perdiendo casi el sentido, Manuela notó que de nuevo la estrechaban, y luego la dejaban suavemente en tierra. Abrió los ojos á tiempo que Perucho corría ya en dirección de los Pazos.

FIN DEL TOMO PRIMERO