Salieron rápidamente, sin oir algo amenazador que rezongaba entre dientes la infernal bruja, ocupada sin duda en echarles cuantas maldiciones, plagas, conjuros y paulinas contenía su repertorio. A pocos pasos de la casa rompieron á reir mirándose.
—¿Eh? ¿Qué tal sabía la leche?
—Sabía á poco.
—¡Mujer! Dijéraslo, y te ordeño la otra vaca. La grandísima tal y cual de la vieja tiene dos paridas, con leche así, que les revienta por la teta, y nos quería dejar rabiar de sed.
—No, bien bastó lo que hiciste... Nos queda echando plagas. Hoy nos maldice todo el santo día. ¿Será cierto eso de que estas mujeres hacen mal de ojo cuando les da la gana? ¿Y de que maldicen á la gente y la gente se muere pronto?
—¡Mal de ojo! ¡Morirse!—y el estudiante se rió.—No, tontiña... Esas son mamarrachadas; bueno que las crea mi madre; ¿pero quién da crédito á tal cosa?
—Pues á mí poca gracia me hace que me maldiga un espantajo así. De seguro que esta noche sueño con ella. ¡Qué horrorosa está con el bocio! ¿De qué se cogerán estos bocios, tú, Perucho?
—Dice que de beber el agua que corre á la sombra del nogal ó de la higuera.
—¡Ay! Dios me libre de catarla enjamás.
Caminaban charlando, con tanta alegría como los mirlos, gorriones, jilgueros, pardillos y demás aves, no muy pintadas pero asaz parleras, que en setos, viñedos y árboles cantaban sus trovas á la radiante mañana. La leche bebida parecía habérseles subido á la cabeza, según iban de alborotados y regocijados, y el cuerpo un poco magro de Manuela, competía en agilidad con el robusto y bien modelado de Perucho. Echaban paso largo por las veredas anchas y practicables; y por las trochas difíciles, subían corriendo, disputándose la prez de llegar más pronto á la meta señalada de antemano: un árbol, una piedra, un otero. De cuando en cuando se volvía Perucho y miraba hacia atrás.