—Bueno, pues á ver si la señora María nos da una cunca de leche. Pero despáchala luego, ¿estás? No te entretengas en conversación.
Ligera otra vez como una corza, á la idea de beber y refrescarse, cruzó Manuela bajo el emparrado, y empujó la cancilla de la puerta de la Sabia. La horrible vieja ya había dejado su camastro; pero sin duda por acabar de levantarse, ó á causa del calor, estaba sin pañuelo ni justillo, en camisa, con sólo un refajo de burdo picote, ribeteado de rojo: los copos de sus greñas aborrascadas le cubrían en parte el negro pescuezo, sin ocultar la monstruosa papera.—¡Leche! Dios la dé,—contestó la sibila mirando de reojo á los dos muchachos. Todas las vacas enfermas; una recién operada, ya sabían los señoritos; ni tanto así de yerba con qué mantenerlas; la fuente sequita y el prado que daba ganas de llorar... ¡Leche! Que le pidiesen oro, que le pidiesen plata fina; pero leche... Y ya Manuela, desalentada por las exageraciones de la bruja, iba á conformarse con un poco de agua y suero, que la hechicera aseguraba ser regalo de un yerno suyo. Pero Perucho le arrancó de las manos el cuenco de barro lleno de aquella insípida mixtura.
—Pareces tonta... ¿Que no hay leche? Vamos á ver ahora mismo si la hay ó no la hay.
Vertió el líquido que llenaba el cuenco, y se metió por el establo medio atropellando á la vieja que se le atravesaba delante. ¡No haber leche! ¡No haber leche para él, para el nieto de Primitivo Suárez, para el hijo de Sabel, la que había estado más de diez años haciendo el caldo gordo y enriqueciendo á aquel atajo de pillos de casa de la Sabia! Hasta piezas de loza estaba viendo en el vasar que conocía porque en algún tiempo guarnecieron la cocina de los Pazos... ¡Tenía gracia, hombre, no haber leche! ¡Condenada bruja! Perucho se sentía animado de esa cólera que nos inflama cuando llegamos á la edad adulta contra las personas que hemos tenido que soportar, siéndonos muy antipáticas, en nuestra niñez. Determinado iba, si las vacas no tenían leche, á sangrarlas. Encendió un fósforo y alumbró las profundidades de la cueva: lo primero con que tropezaron sus ojos, fué con unas ubres turgentes, unos pezones sonrosados, lubrificados por la linfa que rezumaba de la odre demasiado repleta. Arrimó el cuenco, echó mano,... calentó con dos ó tres fricciones y golpecitos... ¡Santo Dios! ¡Qué chorro grueso, perfumado, mantecoso! ¡Qué bien soltaba la blanda teta su río de néctar, y qué calientes gotas salpicaban los párpados y labios de Perucho al ordeñar! ¡Qué espuma cándida la que se formaba en la cima del cuenco, rebosando en burbujas que, al evaporarse, dejaban un arabesco, una blanca orla de randas sobre el barro! Loco de gozo, Perucho acarició el grueso cuello de la vaca, salió con su tazón lleno, y se lo metió á Manuela en la boca.
—¿Que no había leche, eh, señora María de los demonios?—gritó.—¿Que no había leche? Para mí lo hay todo ¿me entiende usted? ¡Caracoles! ¡Como vuelva á mentir! ¡Por embustera le ha de dar el enemigo muchos tizonazos allá en sus calderas!
Manuela, retozándole la risa, bebía aquella gloria de leche, aquella sangre blanca, que traía en su temperatura la vida del animal, el calor orgánico á ningún otro comparable... Perucho la miraba beber con orgullo y ufanía, satisfecho de sí mismo, mientras la vieja, dejándose caer sobre el tallo, fijaba en la niña una mirada siniestra al través de sus cejas hirsutas: beberle la leche de su vaca era como chuparle á ella por la sangría el propio licor de sus venas.
—Aun parece que nos la está echando en cara, ¿eh Sabia?
—Que les aproveche bien—murmuró entre dientes la sibila, con el mismo tono con que diría:—rejalgar se te vuelva.
—Vaya, pues ya que nos convida tan atenta y de tan buen corazón, aguarde, aguarde.—Y Perucho, llegándose al armario misterioso de la bruja, abriólo de par en par, y de entre cucuruchos de papel de estraza, frascos harto sospechosos, cabos de cera y naipes que ya tenían encima más de su peso de mugre, tomó un tanque de hojalata, entró de nuevo en el establo, y salió á poco rato con el tanque colmado de leche. Manuela podía beberse otra cunca, y á él también era justo que, por el trabajo de ordeñar, le tocase algo. Fué un golpe mortal para la hechicera. Al pronto se arrimó á la puerta con los brazos alzados al cielo, gimiendo y rogando al señorito que por Dios, por quien tenía en el otro mundo, no le secase la vaquiña, que de esta hecha se le moría, y el cucho también; y como Perucho respondiese con la más mofadora carcajada, se contó perdida ya, y se dejó caer en su asiento favorito, hecho de un fragmento de tronco de roble, volviendo la espalda por no ver desaparecer el contenido del tanque. La niña montañesa hizo dos ó tres remilgos antes de reincidir; pero así que llegó el cuenco á los labios, con indecible y goloso deleite lo apuró enterito, y aun se relamió al verle el fondo. Perucho dió fin al tanque, que llevaría tal vez cuenco y medio; y acercándose á la bruja, le descargó una palmada en el hombro.
—Vaya, señora María, abur... Tan amigos, ¿eh? No hay que enfadarse... Más que le bebimos ahora de leche tiene usted bebido de vino en la cocinita de los Pazos... ¿Ya se le fué de la memoria? Y si me llevo este pedazo de brona—y enseñaba un zoquete que había sacado de la artesa—bastantes ferrados de maíz se ha comido usted allá á cuenta del padrino... ¡Conservarse!...