—Es que no quiero que se despierten tu padre y el forastero, y te echen menos, y te envíen á buscar.

—¡El forastero! A tales horas dormirá como un santo. Buenos son esos señores del pueblo para madrugar. No sé cómo no crían lana en el cuerpo.

—Bien, bien.... yo me entiendo y bailo solo. Desviémonos de casa lo más que podamos, y ya descansaremos después.

Al salir de la breve zona fértil y risueña del valle, empezaba el paisaje á hacerse melancólico y abrupto. Abajo quedaban los maizales, los centenos y trigales á medio segar, los Pazos con su gran huerto, su vasto soto, sus terrenos de labradío, sus praderías; y el sendero, escabroso, interrumpido muchas veces por peñascales, caracoleaba entre viñedos colgados; por decirlo así, en el declive de la montaña. En otras ocasiones, al trepar por aquel sendero, la pareja se entretenía de mil modos: ya picando las moras maduras; ya tirando de los pámpanos de la vid, por gusto de probar su elástica resistencia y de descubrir entre el pomposo follaje el racimo de agraz en el cual empieza á asomar el ligero tono carminoso, parecido al rosado de una mejilla; ya bombardeando á pedradas los matorrales para espantar á los estorninos; ya rebuscando unas fresas chiquitas, purpúreas, fragantes, que se dan entre las viñas y son conocidas en el país por amores. Hoy, con la prisa que llevaba Perucho, no les tentaba la golosina. El mancebo subía por la recia cuesta con el sombrero echado atrás, la frente sudorosa, el rostro hecho una brasa (pues el sol se desembozaba y picaba de firme), y sosteniendo á Manuela por la cintura, ó, mejor dicho, empujándola para que anduviese más veloz. Al llegar á lo alto, cerca ya de la casa de la Sabia, la niña se detuvo.

—¿Qué te pasa?

—No puedo más... ahogo... ¡Rabio de sed!

—¿Sed? Allá arriba beberemos, en el arroyo.

—Tú por fuerza chocheaste. ¿A dónde señalas? ¿Al Pico Medelo? ¿A los Castros?

—Pues vaya una cosa para asustarse. Ya tenemos ido más lejos.

—Si no bebo pronto, rabio como un can. No ves que con la prisa salí de casa en ayunas...