—Ya sé á dónde vamos—exclamó—á las Poldras. ¿Y después de pasado el Avieiro, adónde? Me lo dices, ó está de Dios que no lo he de saber?
—Calla... Ya verás.
—Yo pensé que íbamos á Naya.
—¿Para qué? ¿Para encontrarnos con el cura y que nos llevase por fuerza á comer consigo?
—Pero.... es que.... comer, de todas maneras hay que comer en casa; y ya debe de ser tarde, tarde.... No puedo tal día como hoy faltar de la mesa....
—A ver si te callas, tonta. ¡Eh... cuidado con caerte de hocicos por la rama del pino! Yo iré delante... La mano... ¡Así!
Con efecto, en las púas secas del pino los pies resbalaban como si el terreno estuviese untado de jabón.
XX
Patinando sobre aquellas púas endiabladas, se deslizaron y corrieron hasta un grupo de salces inclinado hacia el borde del Avieiro. Oíase el murmurio musical del agua, y el ambiente, tan abrasador arriba, allí era casi benigno. Cruzaron por entre los salces desviando la maleza tupida de los renuevos, y vieron tenderse ante sus ojos toda la anchura del río, que allí era mucha, cortándola á modo de irregular calzada las pasaderas ó poldras.
En torno y por cima de las anchas losas oscuras, desgastadas y pulidas como piedras de chispa por la incesante y envolvedora caricia de la corriente, el río se destrenzaba en madejas de verdoso cristal, se aplanaba en delgadas láminas, bebidas por el ardor del sol apenas hacían brillar la bruñida superficie. Para una persona poco acostumbrada á tales aventuras, no dejaba de ofrecer peligro el paso de las poldras. Sobre que se movían y danzaban al menor contacto, no eran menos resbaladizas que la rama del pino. Nada más fácil allí que tomarse un baño involuntario.