—¿Hemos de pasarlas?—preguntó la montañesa, con una sonrisa que significaba—á ver cuándo determinas que paremos en alguna parte.
—Las pasamos—ordenó Perucho con el tono mandón y despótico que había adoptado desde por la mañana.
Manuela tendió la vista alrededor, y eligiendo un sitio favorable, la sombra de un árbol, se dejó caer en un ribacillo, y resignadamente comenzó á desabrocharse las botas. Ni un segundo tardó Perucho en hincársele de rodillas delante.
—Yo te descalzo.... yo. Como cuando eras una cativa: ¿te acuerdas? un tapón así... y yo te descalzaba y te vestía.... y hasta te tengo peinado mil veces.
Medio riendo, medio enfadándose, la muchacha no retiró el pie de las manos de su amigo. Éste hacía ya saltar uno tras otro los botoncitos de la botina de casimir, mal hecha, muy redonda de punta contra todas las leyes de moda. Tiró después delicadamente, con un pellizco fino, del talón de la media de algodón, y la media bajó; arrollóla en el tobillo, y con un nuevo tirón dejó el pie desnudo. Sus palmas se distrajeron y embelesaron en acariciar aquel pie, que le recordaba la patita rosada y regordeta de la nené á quien tanto había traído en brazos. Era un pie de montañesa que se calza siempre y que tiene en las venas sangre patricia; no muy grande, algo encallecido por la planta, pero arqueado de empeine, con venillas azules, suave de talón y calcañar, redondo de tobillo, blanco de cutis, con los dedos rosados ó más bien rojizos de la presión de la bota, y un poco montado el segundo sobre el gordo. El pie transpiraba, por haber andado mucho y aprisa.
—Enfríate un poco—murmuró el mancebo...—No puedes meter el pie en el agua estando así; te va á dar un mal.
—Que me haces cosquillas—exclamaba ella con nerviosa risa tratando de esconder el pie bajo las enaguas.—Suelta, ó te arrimo un cachete que te ha de saber á gloria.
—Déjame verlo.... ¡Qué bonito es! Lo tienes más blanco que la cara, Manola... Pero mucho más blanco.
—¡Vaya un milagro! Como que la cara va por ahí destapadita papando soles y lluvias. ¡Pasmón! ¿Es la primera vez que ves un pie en tu vida? ¡Soltando!
Soltó el que tenía asido, pero fué para descalzar el otro con el mismo cariño y religiosa devoción, y abarcar ambos con una mano, uniéndolos por la planta.