—Que me aprietas.... que me rompes un dedo... ¡Bruto!
—¡Ay! perdón—murmuró él;—y bajándose, halagó con el rostro, sin besarlos, los pies desnudos. La montañesa se incorporó pegando un brinco, y echó á correr, y sentó la planta descalza en la primer pasadera. Su amigo le gritó:
—Chica, aguárdate... Déjame recoger las medias y las botas...... Allá voy á darte la mano.... Vas á caerte de cabeza en el río... ¡Loca de atar!
Con saltos ligeros, volviendo la cabeza á cada brinco lo mismo que los pájaros, Manuela salvaba ya las Poldras, eligiendo diestramente el trecho seco á fin de caer en él. Dos ó tres veces estuvo á punto de dar la zambullida, y la daría de fijo á no ser tan grande su agilidad: saltaba largo, y era su ligereza la ligereza del ave, de la golondrina que vuela rasando el agua. Remangaba las faldas al brincar, y su pierna, no torneada aún, pero de una magrez llena, donde las redondeces futuras apuntaban ya, tenía al herirla el sol, la firmeza y el granillo algo duro de una pierna acabada de esculpir en mármol y no pulimentada aún.
Casi había alcanzado la otra orilla, cuando Perucho voló tras ella. El muchacho, calzado con duros zapatos de doble suela, desdeñaba descalzarse, habiéndose contentado con remangar los pantalones.
La chiquilla comprendió que llevaba ventaja á su compañero, y excitada por el juego, quiso hacerle correr un poco. Como una saeta se emboscó entre los árboles de la orilla, y desapareció en la espesura dándose traza para que Perucho no supiese dónde se había metido. Pero al muchacho le asustó aquella pequeña contrariedad como si realmente su amiga se le perdiese de vista, y gritó llamándola con oprimido corazón y angustiada voz: tan angustiada, que Manuela salió al punto de los matorrales, renunciando á continuar el juego.
—¿Qué te pasa?—dijo riéndose al ver el semblante demudado de Perucho.
—¿Qué...? Que no me hagas judiadas... Vamos juntos, ¿entiendes? Tú no te apartes de mí. ¿Dónde estabas? No, no sirve esconderse.