—¡Bah! Yo sé la maña para que no piquen... Hay que meter poco ruido, moverse despacio y bajarse al suelo cuando le sienten á uno...
—¡A comer, á comer la miel!—gritó la montañesa palmoteando.
—Ven, aquí hay una sombra, ¡una sombra que da la hora!
Era la sombra la de una encina cuyas ramas formaban pabellón, y que caía sobre un ribazo todo estrellado de flores monteses, donde crecía el tojo ó escajo tan nuevo y tierno, que sus pinchos no lastimaban. Además parecía como si la mano del hombre hubiese labrado allí esmeradamente un asiento, á la altura exigida por la comodidad. Perucho sacó su navaja, y del bolsillo del chaquetón hizo surgir el pedazo de brona tomado contra la voluntad de su dueña la Sabia. Partiólo en dos mitades desiguales, dando la mayor á su compañera; y el panal de miel se sometió al mismo reparto. Sentada ya, tranquila, descansando de la larga caminata y del calor sufrido, con esa sensación de bienestar físico que produce el reposo después de un violento esfuerzo muscular, y la pregustación de un manjar delicioso, virgen, fresco, sano, que hace fluir de la boca el humor de la saliva, Manuela, antes de hincar el diente en la miel puesta sobre el zoquete de pan, tocó en el hombro á su compañero:
—Mira, en comiéndola nos largamos, y vuelta á casita... ¿eh? Ya me parece que dieron las doce en el campanario de Naya... Sabe Dios á qué hora llegaremos allá, y lo que andarán preguntando por nosotros.
Él le echó el brazo al cuello, y con los dedos le daba golpecitos en la garganta.
—Hoy no se vuelve—murmuró casi á su oído.
Pegó un respingo la muchacha.
—¿Tú loqueas? Si fuese en otro tiempo... bien, nadie se amoscaría; pero ahora, que está el tío Gabriel? Se armaría un ruido endemoniado por toda la casa.