—Hoy no se vuelve... No me repliques, que no puede ser. Hoy no se vuelve... ¿Sabes por qué? Por lo mismo, por eso... porque está tu tío, tu caballero de tío. Calla, calla, vidiña... Si quieres volver, vuélvete tú sola, muy enhorabuena; yo me quedo aquí... Yo no voy más á los Pazos.
—Á mí se me figura que tú chocheaste. Lo que á ti se te ocurre, no se le ocurre ni al mismo Pateta. ¡No volver á los Pazos! Pues apenas se alborotaría aquello todo.
—¿Y qué nos importa, di?—murmuró el mancebo con ardorosa voz.—Tú eres muy mala, Manola: sí señor, muy mala; tú no me quieres á mí así, á este modo que yo te quiero. ¡Qué me has de querer! Ni siquiera sabes lo que es cariño... de este. ¿Lo entiendes? Pues no lo sabes. Vamos, yo no digo que tú no me quieras una miajita; si me muriese, llorarías, ¡quién lo duda! llorarías una semana, un mes... y te acordarías de mí un año... y soñarías conmigo por las noches... y después... te casarías con el tío Gabriel, y se acabó... se acabó Perucho.
Su voz temblaba, enronquecida por la pasión.
—¡Qué cosas dices! ¡Con el tío Gabriel!—exclamó la montañesa dilatando las pupilas de asombro y limpiándose distraídamente con el pañuelo la boca untada de pegajosa miel.
—Ó con otro del pueblo, otro señor elegante y de fachenda, así por el estilo... ¡Malacaste! Oye tú: aquí en la aldea no se hace uno cargo de ciertas cosas... pero allá en el pueblo... los estudiantes... unos con otros... nos abrimos los ojos... nos despabilamos... ¿estás? Allá... cuando me preguntaban los compañeros que si tenía novia y que porqué no tomaba una en Orense... atiende, atiende... les dije así:—Tengo mi novia, ya se ve que la tengo, y es más bonita que todas las vuestras, y se llama Manuela, Manuela Ulloa...—Y ellos á decir:—¿Quién? ¿la hija del marqués?—La misma que viste y calza... decid ahora que no es bonita, morrales...—Y ellos con muchísima guasa me saltan:—En la vida la vimos... pero esa no es para ti, páparo... Esa es para un señor, porque es una señorita, hija de otro señor también... y tú eres hijo de una infeliz paisana... ¿eh? date tono, date tono...—Le santigüé las narices al que me lo cantó, pero me quedé pensando que lo acertaba... ¿Entiendes? Y tanta rabia me entró, que me eché á llorar como si fuese yo el que hubiese atrapado los soplamocos... Mira si sería verdad... que a... aún... aún...
Manuela, que chupaba muy risueña el panal, alzó la vista y notó que su amigo tenía como una niebla ante aquellas hermosas pupilas azul celeste. En lo más profundo de su vanidad de hembra, quizás á medio dedo de las telillas del corazón, sintió algo, una punzada tan dulce, tan sabrosa... más que la propia miel que paladeaba. Volvió la cabeza, recostóla en el hombro de su amigo.
—¿Quién te manda llorimiquear ni apurarte?—pronunció enfáticamente.
—Porque tenían razón—tartamudeó él.
—No señor. Yo te quiero á ti, ya se sabe. Mas que fueses hijo del verdugo. Valientes tontos, y tú más tonto por hacerles caso.