—Bien—murmuró él;—me quieres, corriente, estamos en eso; pero es allá un modo de querer que... Yo me entiendo. Es un querer, así... porque... porque uno se crió desde pequeñito junto con el otro, sin apartarse... y tienes costumbre de verme, como quien dice... y... y... Yo te voy á aclarar cómo me quieres, y si acierto, me lo confiesas. ¿Eh? ¿Me lo confiesas?
—Hombre...—clamó ella con la boca atarugada de brona—siquiera das tiempo á uno para tragar el bocado y contestar... Conformes; te lo confesaré. ¡Falta saber qué es lo que he de con-fe-saaaár!
—Tú me quieres... como quieren las hermanas á los hermanos. ¿Eh? ¿Acerté?
—Mira tú... ¡Verdad! Si yo siempre pensé de chiquilla que lo eras, no entiendo por qué...—Aquí la montañesa dió indicios de quedarse pensativa, con la brona afianzada en los dedos, sin llevarla á la boca.—Y yo no sé qué más hermanos hemos de ser. Siempre juntos, siempre, desde que yo era así... (bajó la mano indicando una estatura inverosímil, menor que la de ningún recién nacido.) Aún hay hermanos que no se crían tan juntos como nosotros.
Perucho permaneció silencioso, con el pan caído á su lado sobre la hierba, una rodilla en el aire, que sostenía con las manos enclavijadas, y mirando hacia el horizonte.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué pones esa cara de bobo?
—Eso ya lo sabía yo—exclamó él desesperado, descargándose de golpe una puñada en el muslo...—¿Ves...? ¿Ves cómo tenían razón los de Orense? Lo que tú me quieres á mí... es... así... por eso, porque desde chiquillos andamos juntitos y, á menos que fueses una loba, no me habías de tener aborrecimiento... ¡Pues andando! Siga la música... Y que se lo lleven á uno los diablos.
Encaróse violentamente con la niña, y tomándole las muñecas, se las apretó con toda su alma y todo su vigor montañés. Ella dió un chillido.
—Yo te quiero á ti de otra manera, muy diferente... te quiero como á las novias, con amor, con amor (vociferó esta palabra). Si se calla uno más de cuatro veces, es por miramientos y consideraciones y embelecos... Que se vayan á paseo todos ellos juntos... Aguantar que á uno no le quieran, ya es martirio bastante; pero ver que viene otro y con sus manos lavadas le escamotea la novia, le roba todo... Eso ya pasa de raya... No tengo paciencia para sufrirlo ni para verlo... No, y no, y no lo veré, me iré, me iré, aunque sea á la isla de Cuba.
Manuela oyó todo esto derramándose en risa, porque el enfado de su amigo le gustaba; y sobre todo, encantábale la idea de calmarlo con unas cuantas frases cariñosas, que sin esfuerzo, antes muy á gusto suyo, le salían del corazón.