—Lo dicho: á ti hoy picóte una avispa ó un alacrán en el monte... Yo quisiera saber de dónde sacas tanto disparate... ¿Quién te viene á quitar la novia, ni quién me coge á mí, ni me lleva, ni todas esas barbaridades que sueñas tú?

—El tío Gabriel te quiere; está enamorado de ti. Ha venido á casarse contigo. No me lo niegues.

—Vaya, lo dicho.

Manuela se tocó la frente con el dedo y meneó la cabeza.

—No, no me llames loco; porque me parece que haces risa de mí ó que me quieres engañar. Dime sólo una cosa. ¿Te gusta tu tío Gabriel?

—¿Gustar?... ¿Qué sé yo lo que es gustar, como tú dices? El tío Gabriel me parece muy bueno, muy listo, y un señor así... no sé cómo te diga... muy fino, y que sabe mucho de muchísimas cosas... Un señor diferente de los de por acá, de Ramón Limioso, del sobrino del cura de Boan, Javier, de los de Valeiro... de todos.

—Ya lo ves—exclamó con aflicción el mancebo;—ya lo estás viendo... Tu tío... ¡te gusta!

—Pues sí; claro que me gusta... ¡No tiene por qué no gustarme!

Las correctas líneas del rostro de Perucho se crisparon. Las raras veces que tal sucedía, palidecían sus mejillas un poco, dilatábansele las fosas nasales, se oscurecían y centelleaban sus ojos de zafiro, poníase más guapo que nunca, y era notable su parecido con las estampas de la Biblia que representan al ángel exterminador ó á los vengadores arcángeles que se hospedaron en casa de Lot el patriarca. Manuela lo contemplaba con placer, á hurtadillas; y de pronto, pasándole suavemente una mano por detrás de la cabeza y atrayéndolo á sí, murmuró: