—Tú me gustas más, queridiño.

—A ver, dilo otra vez.

—Te lo daré por escrito.—Hizo ademán de escribir en el suelo con el dedo, y deletreó: Me-gus-tas-más.

—Manola, vidiña... A mí, ¿me quieres más á mí?

—Más, más.

—¿Te casarás conmigo?

—Contigo.

—¿Conmigo? ¿Aunque tú seas señorita y yo... un labrador?

—Aunque fueses el último pobre de la parroquia. Yo no soy tampoco una señorita... como las demás. Soy una montañesa, criada entre las vacas. Estaría yo bonita allá en pueblos de no sé. Más señorito pareces tú que yo.

—Y si tu padre...