Manuela miró al suelo; su boca se contrajo por espacio de un segundo. Luego suspiró levemente:

—Para el caso que me hace papá... Yo no sé de qué le sirvo... ¡Bah! Desde pequeñita sólo tú hiciste caso de mí, y me cumpliste los caprichos y me mimaste... Cuando necesitaba dos cuartos... ¿te acuerdas? me los prestabas... ó me los regalabas... Tú me traías los juguetes y las rosquillas de la feria... En el invierno, cuando te vas, parece que se me va lo mejor que tengo y me quedo sin sombra.

—¡Qué gusto!—exclamó él, y con ímpetu irresistible se levantó, le apoyó las manos en los hombros, y la zarandeó como se zarandea al árbol para que suelte el fruto. Luego se le hincó de rodillas delante, sin el menor propósito de galantería.

—Manola, ruliña, dame palabra de que nos hemos de casar tan pronto podamos. ¿Me la das, mujer?

—Doy, hombre, doy.

—Y de que hasta la tarde no volvemos á los Pazos.

—¡Uy! Reñirán, se enfadarán, armarán un Cristo.

—Que lo armen. Que riñan. Hoy el día es nuestro. Que nos busquen en la montaña. Aquí corre fresco, da gusto estar. ¿No comiste bastante? ¿Tienes hambre? Ahí va el pan, y más miel.

—¿Y qué vamos á hacer aquí todo el día de Dios?—preguntó ella risueña y gozosa, como si la pregunta estuviese contestada de antemano.

—Andar juntos—respondió él decisivamente.—Y subir á los Castros. Desde aquí todavía estamos cerca de Naya.