Cuando salió del camaranchón, pudo verse que Telmo no era guapo. Tampoco ha de negársele alguna gracia y gentileza, algún atractivo de ese que caracteriza á los pilluelos, por sucios y derrotados que estén. La arremangada nariz tenía su chiste, lo mismo que los gruesos labios de bermellón, afeados por la forma de la caja dentaria, que los proyectaba demasiadamente hacia fuera. La frente, lobulosa, retrocedía un poco, y la cabeza era de esas lisas por el occipucio, como si hubiesen recibido un corte, un hachazo,—cabezas de vanidosos, de ideólogos,—salvando algún tanto lo acentuado de esta conformación, el bonito pelo negro, ensortijado y tupido como vellón de oveja. Los ojos, infinitamente expresivos, de córnea azulada, líquida y brillante, eran dos espejos del corazón del muchacho: en ellos el placer, la pena, la altivez, la humillación, el entusiasmo, la vergüenza, se pintaban fiel é instantáneamente, reflejando un alma abierta y fogosa. Aquellos ojos pedían comunicación; buscaban á la gente, al mundo, para derramarse en él. En conjunto, la cabeza del niño recordaba la de un negro.... blanco, si es permitida la antítesis. No sólo el diseño de las facciones, pero la expresión candorosa de cómico orgullo que se advierte en la fisonomía de los negros ya civilizados y manumitidos, completaban la semejanza de Telmo con el tipo africano, y por su rostro también pasaban las ráfagas de tristeza y receloso encogimiento que caracterizan á las razas obscuras, cuando aún no borraron el estigma de la esclavitud.
Al cruzar la puerta, lo primero que notó Telmo fué una sensación, ya acostumbrada, de bienestar, bajo la caricia del aire exterior. Aborrecía las cuatro paredes, y nunca ave cautiva en jaula, fiera circunscrita entre barras de hierro ó gas sellado en redoma, aspiró con más energía á la plenitud del espacio. Si le gustaba lo apacible y bello, lo grandioso, lo inmenso, le arrebataba.
Su segunda impresión fué distinta: observó que el sol, toldado entre nubes, ya empezaba á descender de la mitad del cielo, señal de que él, Telmo, se había descuidado, y probablemente sería tarde para reunirse con su padre á la puerta del señor de Moragas. Este pensamiento le espoleó. De su padre había adquirido la noción escueta y coercitiva del literalismo, de la obediencia á los poderes constituidos, y la practicaba; obedecía sin reverenciar ni temer, y sentía incurrir en falta por la falta misma, no por las consecuencias, pues no había allí verdadero rigor paternal. Salió disparado; la distancia, aunque tenida por respetable en Marineda, era un juego para las piernas ágiles del chico. Además, todo cuesta abajo, y con sitios donde se puede ir á la carrera como el Campo de Belona y el Páramo de Solares, que desde hace bastantes años lucha por ser plaza de Mariperez—nombre de la heroína popular de la linda capital marinedina.
Precisamente, en la cuesta rápida que baja del alto terraplén, donde se asienta el Cuartel de infantería, al Páramo de Solares, encontró Telmo una tentación que le hizo perder algunos minutos. Desemboca en aquella cuesta la vetusta calle donde, en un caseretón no menos averiado, se acomodaba como podía el Instituto de segunda enseñanza; y los chicos, entre dos clases, solían desparramarse en bulliciosa bandada por el Campo de Belona, ejecutando á su modo evoluciones militares y simulacros, no siempre incruentos, de batallas, en que los proyectiles mortíferos que debemos á los adelantos de la ciencia, eran sustituidos por los que la naturaleza ó las obras de cantería brindan á la juventud. ¡Con qué envidia miró Telmo á aquella falange! ¡Cómo se le iban los ojos tras ella! Si le fuese permitido unirse á la partida y terciar en sus empresas, ¡quién duda que á las primeras de cambio ganaría los entorchados y hasta la cruz laureada! Su expresiva fisonomía se entenebreció, y tuvo uno de sus minutos de tristeza, que eran como fugitivos eclipses de toda esperanza en el porvenir. Detúvose oyendo el bullicio escandaloso, la alborotada gritería de aquellos cachidiablos, y, al fin, resolviéndose, á manera del que dice á una torta sabrosa «ahí te quedas, porque no puedo meterte el diente», tomó por el Páramo de Solares, costeó los soportales nuevos, y fué á parar á la calle de Vergara, que nombran Arroyal todos los marinedinos. Bien conocía la casa de Moragas, y frente al portal se situó para aguardar á que su padre saliese. Sus ojos recorrían, sin embargo, toda la extensión de la calle, y á uno de estos giros de pupila, vió la silueta paternal que desaparecía á lo lejos, bajo las arcadas que sirven de vestíbulo al Teatro. ¡Ya había salido, y él no estaba allí! ¡Qué diría! El chico iba emprender la carrera, cuando un incidente singular le detuvo. La ventana de Moragas se había abierto de prisa, con estrépito de vidrios; asomó un brazo, un blanco puño de camisa, una mano larga y flexible, y dos monedas de plata, brillantes y sonoras, cayeron sobre las baldosas de la acera.... Todo en un decir Jesús.—Telmo se precipitó á recogerlas, instintivamente. Sólo cuando las tuvo bien cautivas en el hueco de la mano, le entraron ciertos escrupulillos.
¿Subiría á restituir las monedas? Digámoslo sin ambajes: la vacilación duró muy poco. Telmo no tomaría, á buen seguro, un céntimo del ajeno bien contra la voluntad de su dueño; en cambio, con la lógica directa de la infancia, creía que quien tira por las ventanas el dinero no ha de censurar á quien lo recoja. Si por un momento le dominó la idea de echar escalera arriba y restituir su presa, la desechó al punto, tratándose mentalmente de páparo; y, con resuelto ademán, sepultó los dos duros en el hondo bolsillo de su chaqueta.
Ya no pensaba en reunirse con su padre. Aquel tesoro le imprimió dirección distinta. Por de pronto, le sugirió que ya estaba en situación de alternar con los demás muchachos. No era un concepto reflexivo; más bien un instintivo cálculo, que le decía que el dinero, en este pícaro mundo, cubre y facilita muchas cosas. Él no podía apreciar lo exiguo de la suma; no había visto junta, en toda su vida, otra igual, ni parecida siquiera, y los cuarenta reales que danzaban en su faltriquera se le figuraban asiático tesoro. Con dos duros todo se puede emprender, y todo se alcanza. Telmo, dueño de cuarenta reales, no podía ser el mismo Telmo de á diario, él que no encontraba chico que se asociase á sus juegos, él que en todas partes recogía envenenada cosecha de sofiones y repulsas.
Dilatado el corazón por la esperanza, tan fulminante en la niñez, Telmo, sin acordarse de que tenía padre en el mundo, echó por el Páramo de Solares arriba, alcanzando en breve la cuesta. ¡Con qué presteza la subió! Desde la cima, dominaba la extensión del Campo de Belona. Allá en el fondo, junto al parapeto, bullía el grupo á que soñaba incorporarse. Á dispararse otra vez. La partida no prestaba atención á aquel chiquillo, que corría tanto, que las suelas de sus zapatos, desde lejos, parecían girar. Los alumnos del Instituto provincial marinedino deliberaban ¡cáspita! y la deliberación les tenía endiosados. ¡Como que se trataba nada menos que de un consejo de guerra!
Traían entre ceja y ceja, desde principio de curso, el propósito, el designio heroico de una batalla memorable: aspiraban á reñir la mayor y más homérica pedrea que han presenciado los siglos. Hartos estaban ya de juegos bobos, de inocentes piñas repartidas á diestro y siniestro. ¿Qué valían tales escaramuzas? No; denme Vds. un combate real y efectivo, donde los dos caudillos, Restituto Taconer (alias Cartucho) y Froilán Neira (por otro nombre Edisón) ganasen imperecedera nombradía. Aquel día les ayudaba la suerte: el Sr. Roncesvalles, catedrático de Historia, había tenido la feliz ocurrencia de quedarse en cama, no sé con cuál entripado ó alifafe, y los chicos disponían de la tarde entera para sus demoniuras; tarde que, además, habiendo roto el sol la cortina de niebla, por su serenidad hermosa convidaba á esparcimiento.
Reducida quedaba la dificultad á buscar un sitio donde los guardias municipales no oliesen la quema. Sobre esto versaba la deliberación. La mayoría propuso la escollera llamada del Parrochal, y también del Emperador, por ser tradición—demostrada con sólidos argumentos en un folletito del Sr. Roncesvalles—que á aquella parte de la muralla marinedina, y al pie de su vieja poterna, había atracado la lancha ó bote que conducía al César Carlos V cuando vino á celebrar Córtes y pedir subsidios en la ciudad de Marineda. Era el punto muy estratégico, por estar la muralla derruida á trozos, y abundar portillos y grietas que permitían burlar la persecución de los más activos polizontes. En cambio, ¡barajas!, el sitio se registraba perfectamente desde las ventanas de la Audiencia, Cárcel, Capitanía general, y de muchísimas casas particulares; y apenas silbase en el aire la primer peladilla de arroyo, no faltaría un mala alma que avisase al jefe de la ronda y les echase encima los agentes. Había otro lugar precioso: ¡conchas!, de primor, que ni inventado; un lugar que tenía ya preparadito el escenario y el argumento del hecho de armas que se proponían realizar aquellos valientes.... ¡El castillo de San Wintila!