Al llegar á la fuente que corta la senda, antes de que, haciéndose más impracticable y peligrosa, descienda á la playa, la partida se detuvo á tomar un resuello. Algunos, sofocadísimos, acercáronse á la fuente, con ganas de beber del caño el agua famosa de San Wintila, tenida por medicinal: hubo quien colmó de líquido la gorra, y acanalando la visera, apagó la sed en tal guisa: otros, menos sedientos y más deseosos de cháchara, la emprendieron con unas pobres mujeres que abrevaban en el pilón dos ó tres parejas de grandes bueyes rojos. Fué aquello un diluvio de chanzonetas en dialecto.—«Comadre, ¿me da á mí de beber?»—«Véndame los bueyes, comadre.»—«¿Á cómo vale cada cuerno?»—«¿Quiere dos perros chicos por la pareja?»—«Ese tiene un sobrehueso en el rabo: aguarde, que se lo voy á amputar.» Rompieron las mujerucas en gritos y denuestos, lo mismo que si las pellizcaran. Telmo vió en la broma pretexto de asociarse, de intimar con la partida, y llegándose bonitamente á uno de los bueyes, sacando una navajilla ó cortaplumas que siempre llevaba consigo, y ocultándola en la mano cerrada, la clavó con disimulo en el hocico del animal, que saltó enfurecido, bramando y mugiendo, arrastrando en pos de sí á la mujer que tenía la cuerda. ¡Aquí de Dios y del rey! Ya no fué refunfuñar ni gruñir; no fueron gritos ni quejas, sino alarido de muerte el que alzaron las aldeanas. «Socorro, socorro.... Lambones, papulitos del infierno, cochinos, señoritos de basura, hemos de ir al juez que vos eche á presidio....» Á la sazón reparó una de las mujeres en Telmo, á quien conocía por razón de vecindad, y su fisonomía descompuesta se inflamó aún más de desprecio y odio. «¡Tú habías de ser, hijo de mal padre, malacaste, tiñoso, retoño de la horca!.... ¡Á tu padre y á ti os habían de agarrotar, en vez de ser vosotros quien agarrota á los infelices!.... ¡Valientes señoritos de estiércol esos que se juntan con una pudrición como tú!....»
Fué como perdigonada repentina que dispersa un bando de gorriones. Los chicos alzaron el vuelo, dejando en pos de sí clamoreo confuso, un ¡uuú! largo y burlón, impotente recurso para ocultar la vergüenza y el interior berrinche. Telmo también clamaba, también gritaba ¡uuú!; pero sus mejillas iban carmesíes y sus pupilas preñadas de cierto salado licor que reabsorbió con sobrehumano esfuerzo.
Ya pisaban el arrecife y deteníanse al pie de las murallas del castillo. Allí era preciso celebrar nuevo consejo. Cartucho y Edisón centraron el corro, dejando á Telmo fuera. Instintivamente, por movimiento propio del alma humana, y sobre todo de la infantil, cerrada á la generosidad y á la equidad, los chicos, al sentir la mortificación del incidente ocurrido, echaban toda la culpa á Telmo, á Telmo, que iba á ser su víctima dentro de breves instantes. Al cargarle la parte más dura y peligrosa del juego, se les figuraba ser justicieros, justicieros á raja tabla. ¿No había dicho la mujer aquella que Telmo merecía el garrote? Cuanto más se le apretase, más se cumpliría la ley de la justicia, que infama á su propio ejecutor hasta pasada la cuarta generación—mejor dicho, eternamente.—No juraría yo que estas filosofías las razonasen y dedujesen con rigor los alumnos del Instituto marinedino; pero llevaban el germen de ellas en el corazón y en el cerebro y á su impulso obedecían.
Después de haber conferenciado obra de un minuto, intimaron á Telmo las disposiciones militares. «Oyes tú...., hazte bien cargo...., no nos fastidies. Tú eras la guarnición del castillo, y nosotros lo tomábamos por asalto. Te metes en él, y desde allí te defiendes como puedas. Pero, ¡barajas!, si te escondes, no vale. Hemos de verte en las ventanas ó en las troneras ó en la puerta ó en lo alto del muro...., en fin, que hemos de verte. Si te escondes, eres un camastrón, mamalón, mulo, miedoso. ¿Entendiste?»
Telmo levantó su graciosa cabeza de negrito blanco; sacudió briosamente la ensortijada zalea; una sonrisa vanidosa dilató sus labios gruesos, y afianzando la mano en la cadera, respondió enérgicamente: «¡Contra! Ni soy miedoso, ni me escondo, ¡barajas! Para entrar en el castillo, tendréis que matarme.»
¡Genio eminentemente español de las defensas heroicas de plazas y castillos, en que un puñado de hombres entretiene y domina á un ejército numeroso! ¡Morella, Numancia, Zaragoza, Sagunto! Nunca vuestro espíritu impulsó á nadie con más fuerza que al bizarro Telmo, cuando á brincos, á gatas, veloz como una lagartija, se encaramaba por el interior del ruinoso y destechado fortín para aparecer, descubierto el cuerpo todo, derramando denuedo, sobre el adarve. En los minutos anteriores á su ascensión por las paredes, no le había faltado tiempo de llenar bolsillos y boina de piedras redondeadas y no muy gruesas,—las mejores para arrojadizas,—é improvisar una honda con la manga de la camisa, que arrancó de un tirón. Más que en aquel imperfecto instrumento, fiaba en sus brazos fuertes y nerviosos. Era ambidextro, y contaba ayudarse con la izquierda.
El ejército sitiador, replegado en compacta masa á la entrada del arrecife, exhaló un grito viendo aparecer sobre el adarve á la guarnición. Era el aullido que corea la salida del toro del toril. Cada muchacho escondía su proyectil en el hueco de la mano: más de doce brazos hicieron á la vez el molinete, y una nube de piedras, venciendo la gravedad, subió en busca de la cabeza del intrépido adalid. La ley caballeresca de las pedreas infantiles, que manda no disparar sino á las piernas, allí no se observaba; ¿ni qué ley había de observarse con semejante adversario? Pero él, raudo y precavido, esquivó la nube corriendo como un gamo á la parte opuesta del adarve; y sin perder paso ni carrera, hizo el molinete á su vez, y la piedra, silbando al ras de la tierra como un reptil, fué á percutir la canilla de Cartucho, que exhaló un grito de dolor. «¡Barajitas con ese, que me ha roto la espinilla! ¡Piedras, puño, piedras en él!»
Como los otros se reían, Cartucho rumió entre dientes dolorosos ayes; sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no flaqueó su energía. Al contrario: diríase que la rabia del golpe inflamaba su coraje. Tenía fama de excelente tirador de piedra: eligió del suelo una, bien lisa y monda, afilada lo mismo que un hacha, y antes de arrojarla, se detuvo. Telmo esquivara la nueva descarga de piedras lanzada contra él por medio de una maniobra análoga á la anterior: huyendo prontamente al otro extremo del adarve, y refugiándose en un cubo. Esta ocasión aguardaba Cartucho. Calculó adonde se replegaba Telmo, y allá disparó el guijarro con mano certera. El proyectil alcanzó á Telmo en un hombro. El sitiado se detuvo, paralizado sin duda por el golpe. No obstante, ni llevó la mano á la parte lastimada, ni se abrió su boca para exhalar una queja. Lo que hizo fué evitar la segunda peladilla, adoptando una estrategia de salvaje. Presentaba el derruido murallón bastantes desigualdades, y los huecos de los arrancados ó desquiciados sillares dejaban sitio para que pudiese una persona agarrarse, sostenerse, ocultarse, y parapetarse en caso de necesidad. Telmo eligió uno de esos huecos, favorables á su plan de defensa, colocándose de tal suerte, que si, para lanzar las piedras, sacaba fuera del adarve todo el pecho, al ver venir la granizada, podía descolgarse apoyando un pie en el hueco, y quedar protegido por el muro. Sus dos brazos, como aspas de molino, salían por cima del adarve, arrojando proyectiles con tanto acierto, que ya tres sitiadores cojeaban; lo cual revelaba la caballerosidad de Telmo, que, acosado, sitiado por enemigos numerosos, solo allí para defenderse contra un ejército, acataba la ley del código de honor: disparaba únicamente á las piernas.
Comprendían sin embargo los asaltantes que aquello era cuestión de tiempo, y esto mismo cebaba más su fiereza y su coraje. De trece ó catorce piedras lanzadas á la vez, ¿no había de tocar alguna al defensor? ¿No habían de herir aquella cabeza que incesantemente se alzaba y hundía, á modo de diablillo en caja de chasco? En lucha tan desigual, á Telmo le tocaba sucumbir. Froilán Neira (Edisón), el más listo de la partida, la única inteligencia calculadora de la reunión, tuvo una idea luminosa.