—No haremos nada, ¡puño! mientras nos estemos aquí apiñados.... Así él sabe de dónde viene la piedra y se escabulle.... Á repartirse. Callobre, Augusto y Montenegro, allí.... Rafael y Santos, á la derecha.... Los demás, en aquella peña alta.... Yo, en esta otra.... ¡Y á la cabeza! En el pecho duele pero no aturde.... Á la cabeza, entre los dos ojos, que eso derrenga á un buey.
Diciendo y haciendo, el hábil Edisón fué á empericotarse en el arrecife, punto señalado para consumar su hazaña. Era un peñasco negro, picudo, resbaladizo por las verdes algas que lo revestían, y en su centro, una excavación contenía agua de mar, clara y tibia, especie de ensenada en miniatura, en cuyo fondo se veía vibrar sus tenazas á los cangrejos y esponjarse á un pólipo verde botella. El mar, el mar verdadero, bañaba el pie del escollo, y Edisón se mojó las botas para tomar aquella ventajosa posición. No le importaba. Estribó firmemente en la meseta superior del peñasco; acechó, y al ver rebasar del muro la cabeza del sitiado, apuntó á la rizosa vedija de cabellos, alzó el brazo, lo revolvió tres veces con pausa.... ¡Ah! lo que es esta sí que había hecho blanco.
La cabeza desapareció de la rasante del murallón.... Los sitiadores exhalaron un grito de triunfo ronco y fiero.... Pero la cabeza reaparecía, pálida, surcada por un hilo de sangre; serena, fruncido el ceño, sublimada por radiante expresión de gozo y de heroísmo, y las dos manos, á un tiempo, enviaban á las piernas de Edisón dos proyectiles.... Ambos acertaron, y sin causar grave daño al caudillo, lograron no obstante, por la falsa posición en que se encontraba,—parecida á la del coloso de Rodas,—derribarle de su pedestal. Cayó, y cayó al mar de plano, y el agua salobre penetró en sus orejas y en sus pulmones, aturdiéndole. Mas como allí se hacía pie, el chico, guiado por el instinto de conservación, braceó y logró salir al playal. El incidente había distraído y aun asustado un poco á sus compañeros: todos abandonaron sus posiciones y se dirigieron á la arena, con la vaga aprensión de algún trágico suceso. Edisón surgió chorreando y bufando de vergüenza, enseñando el puño á la guarnición del inexpugnable castillo. Como si fuese una consigna, todos los de la partida arrojaron á Telmo, en defecto de las inútiles piedras, algún insulto. «¡Cobardón, mandria, bocalán; á que no te pones como antes sobre la pared!.... ¡Te escondes, y desde el escondite disparas! ¡No vale, miedoso! ¡Traición!»
Con la serenidad de la tarde, la quietud de las olas, el silencio de aquellos parajes solitarios, las injurias llegaban altas y estridentes al defensor de San Wintila. Y no se sabe cuál fué más pronto, si oirlas ó trepar por las grietas y presentarse de cuerpo entero sobre el adarve, con las manos vacías, los brazos desdeñosamente cruzados sobre el pecho, ensangrentada la faz, el traje desgarrado. Su actitud era de reto y provocación, de un reto orgulloso, de vencedor y héroe.
Los chicos, sin consultarse, se inclinaron para coger cada uno su piedra, y sin concierto, á intervalos desiguales, hicieron el molinete, lanzaron el proyectil.... Telmo, inmóvil, sin descruzar los brazos, ni poner en práctica sus acostumbrados medios de defensa, sin correr por el adarve ni descolgarse buscando la protección del muro, aguardaba.... ¿Cuál de aquellas piedras fué la que primero le alcanzó? La escrupulosidad histórica obliga á confesar que no se sabe. Probablemente le tocaron dos á un tiempo: una en el brazo izquierdo, otra sobre una oreja, junto á la sien. Y tampoco se sabe por obra de cuál de las dos abrió los brazos como el ave que quiere volar, y se desplomó hacia atrás, precipitado en el vacío.
Quedáronse los muchachos aturdidos ante su victoria. No la celebraron con gritos ni con clamoreo triunfal. Hagámosles justicia: la conciencia les argüía. Sus corazones nuevos y frescos, sus almas no baqueteadas aún por las componendas de la experiencia y de la vida, les decían á gritos que el lauro estaba manchado de infame cieno. Reinó entre ellos el silencio más profundo. Se miraron. El ruido blando y sordo del mar al estrellarse en la playa, el chapoteo de las olitas contra los escollos del canal, les parecieron voces acusadoras.
—¡Contra!—se atrevió á decir Cartucho, el más desalmado guerrillero.—¡Lo hemos jericopleado, señores! Duro, por hacer burla de nosotros.
—¡Barajas! ¿Y si está muerto? La hicimos buena....—indicó Edisón, el más previsor, hablando muy bajo, por si le oía el juez.
—¡Qué muerto, ni qué!.... Un croquis ó dos en la cabeza.... Un chichón más ó menos,—opinó Augusto, rapaz de dos lustros y algunos meses, ya asiduo fumador de elegantes.
—Á verlo, á verlo,—exclamó Montenegro, tomando á brincos el camino de la fortaleza.