Siguiéronle los demás. Era el arrecife peligroso, resbaladizo; pero los chicos saltariqueaban por él lo mismo que gaviotas. La entrada del fortín no tenía puerta alguna; únicamente amontonadas piedras obstruían el ingreso, y grandes dovelas caídas y poderosos sillares volcados formaban una especie de barricada, que zarzas y ortigas hacían más inaccesible. Salvado aquel obstáculo, tenían que cruzar los sitiadores una poternita baja, y entraban en lo que debió de ser cuerpo de guardia de los antiguos defensores de la fortaleza, pues aún se veían, en el murallón, señales del fuego de la chimenea ó cocina en la pared denegrida por el humo. Allí, sobre un montón de escombros que había recibido su cuerpo al caer de lo alto del adarve, yacía Telmo, ensangrentado, blanco como la cal, sin movimiento ni señal alguna de vida. Los vencedores se quedaron de una pieza.

—Ó está muerto ó lo parece,—dijo Montenegro con pavor.

—¿Qué muerto ni qué muerto? Se finge para asustarnos,—declaró Cartucho.

—No seas bárbaro,—respondió Edisón, siempre en competencia con el hijo del armero, que le vencía en vigor, y á quien él vencía en meollo.—No seas cafre. Está muy mal. La hicimos, ¡barajas!

—Pues ahora.... no hay más camino que liscarse. ¡Y pronto!

—¿Y ese? ¿Lo dejamos así, como á un gato que se cayó de la buhardilla?

—¿Qué remedio? ¿Te quieres quedar tú á cuidarlo?

El padre vive ahí cerca, al lado del Campo Santo,—advirtió Augusto el fumador.—Podíamos avisar....