—Cállate tú, cállate tú, tapón.... Á ver si te moneas conmigo.... ¿Avisar al padre? Á mí no me da la gana de ir á casa del padre, ¡contra!

—Ni á mí....

—Ni á mí....

—Ni á mí, aunque me ofrezcan cien duros....

—Pues largo, que á lo mejor los municipales nos pillan.... Cada uno por su lado. ¡Arre!


IV

El hombre que se había consultado con Moragas, no extrañó, al salir de casa del Doctor, el no encontrar á su hijo. Sabía que el rapaz era aficionado á dormir hasta muy tarde, mejor dicho, á estarse en la cama soñando despierto, y achacó la inexactitud á pereza. Ya parecería en casa de Rufino.... ó donde Dios dispusiese. Tomó el enfermo calle arriba. Al pasar por delante del edificio que encierra á la vez el Gobierno civil y el Teatro de Marineda, un instinto ó un hábito le impulsó á buscar la sombra de los soportales, y antes de llegar á la calle Mayor, que se columbraba á poca distancia rehirviendo en gente y llena de animación, giró hacia la izquierda y metióse bajo otra fila de arcos, que forman la soportalada del muelle: Era aquello el reverso de la medalla; no cabía más marcado contraste que el de las tiendas de la calle Mayor—surtidas, desahogadas, luciendo hermosos escaparates de altos vidrios, bien alumbradas de noche por el claro gas—con los pobres tenduchos y figones, y las sospechosas aguardenterías de las arcadas de la Marina, donde celebraban sus conventículos cargadores, pescantinas, habaneros recién desembarcados, vestidos de dril y con el rostro color de caoba, soldadetes y carreteros del barrio de la Olmeda, que antes de picar á su yugada para que arrastrase el horrible peso de los bocoyes que abrumaban el carro, aguijaban su propia brutalidad con una dosis de alcohol....

El cliente de Moragas....—á quien atribuiremos el nombre de Juan Rojo,—se detuvo á la puerta de la aguardentería más sórdida, más tenebrosa, la que frecuentaba gente más perdida y de donde se oían salir voces más avinadas y palabrotas más soeces. Antes de entrar, fluctuó un instante. Al fin el Doctor le había mandado que no bebiese gota, que no lo catase siquiera. Luchaba en Rojo la ya imperiosa costumbre con el instinto de conservación ó voluntad de vivir que no abandona, ¡cosa extraña!, ni á los mismos suicidas, en el crítico instante de atentar contra su existencia. «Cuando el médico lo dice....» Pasados diez segundos, transigía ya con un vasito, un vasito de á medio cuarterón, una miseria. «Poco veneno no mata», pensó, encogiéndose de hombros. Y tendiendo al vaso una mano mal delineada,—larga y fuerte, de dedos rudos,—lo trasegó al gaznate. Aquel espolazo le infundió resolución. Al salir del tabernucho era su paso menos furtivo y cauteloso; su rostro ostentaba cierta seriedad provocativa, arrogante, como de persona determinada á arrostrar cualquier hostilidad, imponiéndose. «Me dan ganas de ir por la calle Mayor», pensaba. «La calle es de todos, y quisiera yo saber quién puede oponerse á que me pasee por donde se me antoje.» Caló más el sombrero, metió las manos en los bolsillos del pantalón, y enhebrándose por el callejón del Arancel, hizo irrupción en la calle Mayor,—emporio de Marineda.