Las gentes marinedinas, no siendo en tiempo de verano, prefieren pasear antes que anochezca del todo; y huyendo de la temperatura desapacible y del cierzo húmedo que sopla en el Ensanche, se hacinan en la calle Mayor, abrigada por su misma angostura. Llena estaba la calle de una multitud muy emperifollada y muy deseosa de mirarse y divertirse, cuando entró Juan Rojo. Éste no produjo ningún efecto; el gentío se lo bebió. Las señoras subían y bajaban, entretenidas, ó en criticarse, ó en observarse de reojo los trapos de cristianar, y ni vieron á aquel hombre, que, si podía interesar al observador, debía pasar inadvertido entre el bullicio de una concurrencia tan apiñada como brillante. De las damas que ostentaban su mejor ropa y se paraban á saludarse y á curiosear los escaparates de los comercios, ninguna conocía á Juan Rojo. Si algún caballero recordaba su cara y su talle, ya se colige que había de hacerse el desentendido. Juan miraba á diestro y siniestro, sin encontrar más que fisonomías distraídas é indiferentes.
No obstante, á la puerta del Casino de la Amistad, en sillas colocadas fuera del vestíbulo, Juan divisó un importante grupo. Componíanlo el Presidente de la Diputación, el rico fabricante y concejal Castro Quintás, el brigadier Cartoné, el novel abogado y á ratos periodista Arturito Cáñamo, el magistrado Palmares, el Fiscal de la Audiencia D. Carmelo Nozales, y el señor Alcalde de Marineda en persona. Rojo, al acercarse al Casino, mitigó el paso, y puede decirse que se encaró con el corro; miróles fijamente, y como, al parecer, no le reconociese ninguno, saludó casi en voz alta: «Señor de Palmares.... señor Alcalde.... felices....» Volviéronse, como picados de la víbora, el oidor y la autoridad popular: sus semblantes se anublaron, sus labios exhalaron una especie de sordo murmullo, que lo mismo podía ser respuesta que injuria. Rojo, sin quitarles de encima la vista, siguió lentamente su camino. Al extremo de la calle, donde ya se ensancha para descender en ligero declive hacia el Teatro, y donde los paseantes escasean, Rojo tropezó con dos personas, una niña y una mujer del pueblo, modestamente trajeadas, que se quedaron mirándole de hito en hito. La niña, agazapada en las faldas de la mujer, con los ojos dilatados de terror, exclamó en voz trémula y baja:
—¡Ay madre! ¡El verdugo!
Sintió Rojo la exclamación como si recibiese una bofetada fría en el rostro. Volvióse, y acercándose á la criatura, que ya no se agarraba á las faldas, sino que abrazaba, convulsa, llorando á gritos, las piernas de su madre, dijo sentenciosamente, alzando la huesuda diestra:
—Como te libres de la justicia, de mí bien libre estás.
Y continuó andando, mejor dicho, corriendo, porque había perdido todo el aplomo facticio debido al trago y desplegado al atravesar la calle Mayor, y otra vez predominaba el impulso de buscar los rincones sombríos, los sitios desiertos de la ciudad, el que le movía á filtrarse por las calles más extraviadas y sospechosas, y á preferir, para sus salidas, las horas en que cendra su velo de neblina el crepúsculo. Arrimado á las casas, protegido por los soportales, alcanzó la cuesta que asciende al Cuartel de Infantería, y una vez en la explanada del Campo de Belona, sintió cierto desahogo. Estaba ya en sus barrios. Allí se encontraba, ya que no entre sus iguales,—pues no tiene iguales Rojo,—al menos entre el pueblo indulgente, que perdona todo lo que hacen los miserables por el pan. La sensación de bienestar de Rojo aumentó al cruzar la puerta de Rufino.
Era la casa de Rufino una tendezuela de las llamadas antaño «de aceite y vinagre», y donde hoy se mezclan la especiería, el petróleo y los comestibles, con los fósforos, barajas, aleluyas, alpargatas y otros artículos variados; por ejemplo, pastillas de jabón rosa y verde, lechuga y botellas de cerveza. No todos los líquidos que se despachaban allí eran de origen sajón, pues en la trastienda de Rufino, y alrededor de una mugrienta mesa, solía enzarzarse por las tardes la partida de brisca, jugándose muy españolas copas de aguardiente. Hacían la partida Rufino el tendero; Antiojos, zapatero de viejo; Marcos Leira, hojalatero y lampista, y Juan Rojo. Quizá algún aficionado á meterse en lo que menos le importa tendrá la pretensión de averiguar cómo podían el remendón y el artista en lata dedicar sus tardes al cultivo de la brisca y del tute real, abandonando la lezna y el soldador. Responderé al susodicho curioso, que las familias de Antiojos y Marcos Leira estaban organizadas con arreglo al usual patrón siguiente: la mujer descornándose y reventándose á trabajar, mientras los borrachines maridos cultivaban el ocio con dignidad.... y con brisca.
La esposa de Antiojos era operaria en el taller de Peninsulares de la Fábrica de Tabacos; sus ágiles dedos y los de su hija mayor, ganaban el sustento de la familia. La hija menor, raquítica, que no había conseguido aún el suspirado ingreso en la Granera, se dedicaba á «preparar labor» á su respetable papá, cuyo taller consistía en una de las barracas que á manera de rojos hongos pululan á la sombra del Cuartel de Infantería, al pie del Campillo de la Horca, hoy Rastro.—Allí se pasaba la vida la mísera segundona de Antiojos, esperando la problemática llegada de un parroquiano para correr á avisar al remendón, que solía recibirla con malas palabras y mucho peores obras. Mientras no aparecía el parroquiano, la muchacha, que, por tener desgracia en todo hasta había recibido en la pila el feo nombre de Orosia, no estaba ciertamente mano sobre mano ó dándose aire con el abanico. Ella remojaba la suela; ella la batía sobre la chata piedra, estropeándose las rodillas; ella señalaba con el punzón las distancias del clavillo; ella cosía el material; ella enceraba el hilo y recortaba y engrudaba las plantillas; ella abría los ojales, y cuando Antiojos llegaba despidiendo rayos por la inflamada nariz y los encandilados ojos, apenas tenía ya que hacer sino lo indispensable para no perder la dignidad de maestro, la cual se cifraba especialmente en la forma, es decir, en la hormaza de madera donde encajaba la bota ó zapato que debía restaurar.—¡Cabra, vaca sucia, malditona!—solía decir á Orosia en su pintoresco lenguaje.—¡Como me toques á la forma.... te estripo!—Y la sin ventura Orosia lo ejecutaba todo.... menos tocar á la forma, que era por lo visto la misteriosa clave del arte zapateril.
Á Marcos Leira, el hojalatero, le daba el vino por distinto lado: por el buen humor y la sandunga. Si á la mañanita, antes de matar el gusano, solía vérsele alicaído, con una murria siniestra, en diciendo que se echaba al cuerpo el primer vasito de caña rubia y melosa,—esa excelente caña que se vende en la más ínfima taberna marinedina,—ya estaba el honrado Marcos lo mismo que unas pascuas de alegre, y suave como el terciopelo con su esposa y sus chiquitines. Concha la hojalatera, morena, buena moza, de fogosos ojazos, juraba y perjuraba que no sabía ella cómo ciertas mujeres se lamentaban de que sus maridos trajesen, al volver á su hogar, «un poquito de aquel de bebida». Sobre este delicado punto andaban siempre á la greña la cigarrera, mujer de Antiojos, y la de Marcos. Esta, ¡alabado sea Dios!, nunca más contenta que cuando su cónyuge tenía «la gotita en el cuerpo». Entonces no sólo se mostraba decidor, cariñoso, galante, sino que se tumbaba en la cama ó salía, dejando en paz á Concha y al oficial, que trabajaban mucho más solos. Las malas lenguas se despachaban á su gusto comentando la inclinación de la bella hojalatera á zafarse de su esposo; pero tal vez fuese exceso de malicia el roer los zancajos á la mujer del borrachín, puesto que su tienda y tráfico andaban lucidísimos, dirigidos por ella, que, siempre limpia y repeinada, semejaba una reina entre tanta alcuza, regadera, colador, reverbero, linterna y palangana, fulgentes como la plata bruñida. Si la hojalatera cojease del pie que los vecinos sospechaban, su comercio no se vería tan próspero, sus chiquillos tan saludables. Se murmuraba, ¡claro está!, ¿de quién no se murmura? No podían avenirse las comadres del barrio del Cuartel á que la buena moza tuviese su casa «llenita de todo», lo mismo que si el marido no fuese un solemnísimo beodo, holgazán y jugador; y el reconcomio de la envidia era sin duda el que las movía á atribuir tan negros móviles, no sólo al celo y asiduidad del joven oficial de hojalatero, sino á las visitas de algún teniente que por allí se entretenía un rato al salir del Cuartel.
Los cuatro jugadores de brisca eran cuatro ejemplares de alcoholismo muy diferentes entre sí. Casi deberíamos descontar uno, el especiero-tabernero Rufino. Este no bebía más caña de la necesaria para impulsar á los otros; economizaba su vaso á la vez que colmaba el ajeno.—Marcos Leira era el sér abyecto conducido por la bebida á la atrofia del sentimiento del honor popular (tan enérgico como el caballeresco), ó forzado á beber sin tino para olvidar la vergüenza, y capaz ya hasta de soltar un chiste cuando, no recatándose de él, agarraba el teniente á la hojalatera por el talle. Antiojos, el beodo brutal, en quien el alcohol despertaba el sordo impulso de la locura sanguinaria. Á veces, cuando regresaba á su casa tambaleándose, haciendo eses sobre el pavimento desigual de las míseras callejas, por su cerebro obtuso cruzaba purpúrea nube, y sus manos trémulas é inciertas sentían hormigueo feroz, prurito de estrujar destruyendo.... En cuanto á Juan Rojo, pocas veces llegaba al estado de verdadera intoxicación alcohólica: tenía la cabeza resistente, el estómago firme, terco el pensamiento, y si la bebida le reanimaba al pronto, tardaba mucho en abstraerle completamente de la realidad. Él no le pedía sino olvido.... ¡y el olvido tardaba tanto en acudir! Aquel día, sin embargo, al sentarse ante la mesa de la trastienda de Rufino, recordaba las palabras del Doctor, y se había propuesto reprimirse. Á la primera ronda, no bebió. Mientras daba cartas, la abstención le sumía en una especie de marasmo,—el marasmo insufrible que no desconoce ningún vicioso, si ha intentado la enmienda.—En el profundo y desconsolado abatimiento que le invadía, se le hincaba en el espíritu el recuerdo de aquel grupo sentado á la puerta del Casino. ¡Finchados de señores! ¡No responder al saludo sino con despreciativo murmullo! ¡Ah! ¡Ya estaba él cansado de tragar ajenjo, y si un día hablaba, le iba á acusar las cuarenta al Alcalde, á los señores de la Audiencia, al mismo Presidente en persona! ¿No era Rojo también funcionario? ¿Valía de algo lo que dispusiesen los de la Audiencia, si no estuviese él allí para cumplirlo? ¡El Alcalde! ¡Con qué altanería se había negado días atrás á admitir al hijo de Rojo en la Escuela municipal! ¡No admitir á su hijo en la Escuela! ¿Querían que fuese un pillete, sin instrucción ni oficio? ¿Querían que....?