Los ojos de Juan se volvían hacia el vaso lleno. Resistió no obstante, ¡rara firmeza!, durante las primeras horas de la tardecita. Sostuvo con heroísmo la batalla. Por fin, cuando ya el sol se acercaba á su ocaso y los sucios vidrios de la tienda hacían más turbia la escasa luz, aquellas sombras, cuya lobreguez caía á un tiempo sobre sus pupilas y sobre su espíritu, fueron cómplices de la transacción. Tendió la mano temblorosa hacia el licor, y lo apuró, sintiendo con recóndita alegría que las sensaciones y sentimientos habituales, calor y esperanza, acudían á su llamamiento, y que una especie de palanca moral le soliviantaba, sacándole del pozo de hiel en que momentos antes yacía. Una grosera chanza de Marcos le hizo reir; y, á una barbaridad de Antiojos, contestó bromeando.—Al mismo tiempo advertía cierta inquietud vaga, aprensión de un mal desconocido, inquietud que en los hipocondríacos es estado normal, pero que, a posteriori, suele llamarse presentimiento. ¿Dónde estaría el chiquillo?

La partida de brisca se deshacía generalmente á las cinco ó cinco y media, porque á Juan Rojo le gustaba recogerse temprano, cenar con su hijo y acostarse. Antiojos y Marcos no se retiraban tan pronto: ¡para lo que se les perdía en sus casas! Allí se quedaban hasta las diez ó las once, y Antiojos algunas veces dormía á la estrella, pues su mujer, de ordinario paciente y sufrida, tenía días de súbita rebelión en que atrancaba la puerta, jurando que estaba «harta de pellejos» y que á lo mejor «hacía una» con semejante bigardón.... Salió Rojo aquel día más tarde que de costumbre. Había cerrado la noche, pero era hermosa: una pacífica noche de esas que anuncian la primavera y alaban al Creador. Para ir de la tienda á su morada, tenía que dar la vuelta por la calle del Peñascal y subir por la del Faro, no sin costear unos paredones altos y lisos, doble línea de tapias que forman mezquina callejuela, en invierno solada de fango, en verano de polvo é inmundicias. De uno de los tapiales Rojo oyó como si brotase un hervor de palabras confusas: tenían, en su turbia articulación, algo de blasfemia, y algo también de queja y lamento amarguísimo. Sintió un impulso compasivo, mezclado á esa sugestión de la vanidad, que nos dice, en presencia del infortunio que podemos aliviar: «Aquí eres necesario; aquí sirves; aquí vales.» Al pie del paredón se rebullía un informe bulto humano, el que exhalaba aquella melopea confusa. Rojo lo reconoció. Era su vecina la Jarreta, la borracha de oficio, que diariamente recogían los polizontes en distintos puntos de la población sobre las losas de la calle, ya en el Muelle, entre despojos de sardinería, ya en el paseo del Terraplén, al pie de algún banco, ya en los soportales del malecón, ya entre los puestos de la Plaza de Abastos, siempre hecha «un templo», siempre escupiendo de aquella pestífera bocaza, entre vahos de perrita, la hez y el espumarajo del lenguaje. Sin duda el ataque fulminante de parálisis que acompaña á cierto período de la borrachera había sorprendido á la mujerota á poca distancia de su casucha, y de la inútil lid que sostenía con sus piernas negándose á llevarla, eran fruto aquellos gruñidos, aquellos gemidos sordos y aquellas furiosas imprecaciones.

Rojo se aproximó, diciendo solícito:

—Ea, señora Hilaria.... Upa.... yo la ayudo.... ya verá cómo la pongo en camino de su casa.... en la puerta....

La borracha gruñó más fuerte: sus vidriosos ojos se entreabrieron, fijándose en su interlocutor, primero vagos, luego atónitos. Como la luz del farol y lo entreclaro de la noche permitiesen á la Jarreta distinguir las facciones de su salvador, sus pupilas destellaron ira, la sentina de su boca despidió una furiosa tufarada, y recobrando habla expedita, bramó roncamente:

—¡Largo de ahí, sayón; como me toques, te escupo á la cara! No he dado de puñaladas á nadie, ¿lo entiendes?, ni he robado tres cochinos cuartos, ¿lo oyes?, ¡para que tú me pongas la mano en el cuerpo! ¡Con Lucifer del infierno me voy, y no contigo! ¡Como te arrimes, llamo á los vecinos y á la guardia de la Maestranza! ¡Arre de ahí...., que manchas á las señoras!


V