Rojo se abalanzó como á una presa al cuerpo inerte, y lo palpó con ávidas manos, rugiendo de gozo al sentir calor y flexibilidad de vida en los magullados miembros. Un suspiro le dilató el pecho: tomó al niño en brazos, se lo cargó al hombro, y emprendió la subida, sin la precipitación de antes, porque tenía que cuidar de su inestimable carga. Ahora el herido gemía; sin duda el movimiento, por poco que fuese, reavivaba sus dolores. Rojo multiplicaba las interrogaciones entrecortadas y ansiosas, las palabras de bronca ternura dichas á media voz, tratando de acomodar al muchacho lo mejor posible para que no sufriese, apoyando la dolorida cabeza en su propio seno, cogiendo á Telmo con manos de algodón, por decirlo así. Sin duda que el niño no estaba ni muerto ni moribundo....; pero ¡Dios que perdonas y castigas! ¿Estaría herido muy gravemente? ¿Tendría pierna ó brazo roto? ¿Le sobrevendría mortal complicación? ¿Quedaría para toda su vida estropeado y deforme?
Cuando Rojo iba calculando estas probabilidades, había rebasado ya la montuosa pendiente que se inclina hacia el castillo, y entraba en la carretera, orillada por las tapias de los dos camposantos de Marineda, el católico y el protestante ó disidente. La rotondita de la capilla católica se recortaba sobre el cielo claro, y su cruz infundió al corazón de Rojo deseos de implorar á la Divinidad, de pedir á alguien que todo lo puede lo que no esperaba de los hombres. Aquella súplica brotó con energía inmensa, con salvaje ímpetu, con esa fuerza que parece suficiente para imponer la voluntad de la criatura humana hasta al mismo Árbitro de la creación. Sin pretensión alguna de heroicidad, como quien hace la cosa más natural, Rojo se encaró con su Dios,—porque lo tenía,—y le dijo como quien propone un trato: «De morir alguien, que sea yo.... El niño que viva, que sane.» Al hacer esta deprecación, la mirada de Rojo pasó, de la cruz del cementerio, á la linterna del Faro que se alzaba á lo lejos; alto, solitario, sublime, y como en aquel punto mismo la intermitente mirada de luz reapareciese con purísimo destello, refulgiendo entre las nubes, Rojo percibió una voz interior que decía: «Vivirá, sanará.»
La puerta del rancho se había quedado abierta de paren par, el quinqué luciendo, y Juliana la Marinera, medio á tientas como solía, y atortolada además por el susto, daba vueltas, mudando de sitio un cacharro, atizando la lumbre, y repitiendo á media voz: «¡Jesús, Jesús! ¡Virgen de la Guardia!» Al entrar Rojo con el niño á cuestas, la mujer exhaló un chillido de conmiseración, se apresuró, quiso enterarse.... Pero ya el padre, con delicadeza de nodriza que deposita en la cuna al crío, colocaba al herido sobre la cama, y se volvía para exclamar anheloso:
—Vaya á buscar un médico, señora Juliana.... ¡Por el alma de su padre, tráigame un médico!....
VI
La exasperación de Moragas tardó en disiparse más de diez minutos: paseábase de arriba abajo por su gabinete de consulta, olvidado de todo, hasta de la presencia de Nené. Sentía esa desazón, ese malestar sordo é irritante que se apodera de nosotros después de una sacudida nerviosa que no reporta placer al organismo. Las injurias despreciables, las disputas largas con personas de poco caletre ó de mala educación, las ingratitudes odiosas, la vista de un insecto repugnante, diversas causas morales y físicas, engendran tan penoso estado de ánimo. El Doctor principió á sentir alivio mediante una circunstancia puramente accidental: el sol, venciendo al fin la neblina, batió alegremente en los cristales; como si aquel rayo benéfico la atrajese, Nené se acercó, é intimidada aún, con hechicera zalamería, preguntó en su lengua de trapos:
—No yeve.... ¿Amo alea?
Acostumbrado á la sutil interpretación filológica que requería la charla de Nené, Moragas comprendió perfectamente, y tradujo sin vacilar: «¿Papá, no ves que no lloverá hoy? Vámonos á la aldea.»