Moragas acostumbraba, despachada ya la diaria consulta, mandar que enganchasen la berlinita ó el milor, tomar consigo á Nené, y emprender un paseíto de tres kilómetros hasta su quinta en miniatura, enclavada al margen del camino real, en el alto de la Erbeda, graciosa aldeílla poblada de lavanderas y panaderas y salpicada de casas de campo. Cuatro tapias, ni muy altas ni muy recias; un trozo de verja de hierro que permitía ver desde la carretera los cenadores de madreselva y la fuente del jardín; un palomarete en el patio; sobre quince gallinas ponedoras; hasta dos docenas de frutales; cuatro ó seis coníferas de moda; alguna col y mucha enredadera, animaban á la diminuta morada donde el Doctor pasaba las mejores horas de su vida.—¿Y qué más podía necesitar un hombre de estudio y pensamiento, sino aquella sala fresca y silenciosa, aquel despacho donde las clemátidas y las francesillas se metían por la ventana á curiosear los libros, aquella galería encristalada que brindaba el siempre movido espectáculo de la carretera, aquel palomar lleno de nidos y arrullos, aquel comedor que tenía en los chineros, en vez de ricas porcelanas, limpios cristales y blancas lozas, entreveradas con camuesas olorosas de la anterior cosecha—porque no había otro frutero?
Además, en la aldea veía el Doctor una excelente compensación higiénica para la vida urbana, que á la larga podía ser funesta á Nené. Viudo desde pocas horas después de venir al mundo la criaturita en quien tenía puesto lo mejor de sí mismo, el Doctor la cuidaba como la cuidaría una madre.... fisióloga. La delicadeza y suavidad de aquella tierna florecita le tenían siempre alerta, sólo que en vez de abrigarla contra el cierzo y la helada detrás de las paredes de cristal de un invernáculo, quería someterla á un tratamiento que la permitiese vegetar al aire libre, desafiando la inclemencia de las estaciones. «Rusticar á Nené» era el programa. Esto de la rusticación se ejecutaba tan al pie de la letra, que cuando estaban en la Erbeda padre é hija, la criatura se chapuzaba en el pilón, se enfangaba en el bebedero de las gallinas, rodaba abrazada á un pato, se revolcaba en el polvo y sacaba su linda madeja rubia hecha una perdición: todo con gran contentamiento del padre, que regañaba mucho si por casualidad la veía limpia. «Vamos, hoy me han tenido á esta chiquilla debajo de un fanal.... Á ver si juegas, á ver como te me presentas bien marrana....»
Así, pues, cuando no apretaba el trabajo, cuando en Marineda había epidemia de salud y ninguna señora de la clientela de Moragas estaba próxima á bifurcarse, el Doctor se iba á la Erbeda después de su consulta, y unas veces regresaba al caer la tarde, para la visita, y otras se quedaba á dormir, lo cual era ya el colmo de la expansión. Cuando podía lograr tanta fortuna, dedicaba la noche á leer de política ó de ciencia, sobre todo de aquellas cuestiones palpitantes de la moderna medicina que llevan involucrado algún problema metafísico, algún misterio del espíritu, alguna generalización filosófica. Si Moragas estudiaba por obligación la medicina curativa, por recreo andaba siempre á vueltas con los mal conocidos resultados de la sugestión, con las revelaciones de la frenopatía y con los efectos de ciertas substancias tóxicas sobre el cerebro humano. Gustábale mucho el estudio de las que llamaban nuestros padres enfermedades mentales, y era franco admirador de los médicos modernos que aplican atrevidamente á los problemas del orden moral el método positivo y analítico de la ciencia presente. Como de esto se escribe mucho en el día, y Moragas lo hacía venir todo de París en grandes remesas, sus orgías de lectura tenían el retiro de la Erbeda por testigo y cómplice.
No hay que decir si asentiría gustoso á la proposición de Nené. Al cuarto de hora de haber visto aquel primer rayo de sol después de una mañana nublada, el padre y la niña, sentada en brazos de su niñera, corrían al trotecillo de la yegua por el camino real. Ya sabemos que era la tarde de esas apacibles de la más temprana primavera, que dan ganas de entonar el cántico de Fausto «Cristo resucitó». Sobre el diáfano azul del cielo, agraciado por copos de nubecillas blancas y finas como pluma de cisne, revoloteaban las primeras golondrinas; y en el aire había la frescura sana y entonada de la buena estación. Nené gorjeaba muy contenta, mirándose los calcetines, que por ser calados la tenían reventando de orgullo. La criatura no permitía á su padre separar la vista de los calcetines famosos. Apenas volvía el Doctor la cabeza para mirar á las quintas que festonean el camino, al paisaje ó á la gente de á pie ó de á caballo, ya estaba Nené agarrándole de la solapa, y obligándole á bajar las narices. «¡Mia tacetines...., mia tacetines de ujo! ¡Y ayer (Nené siempre decía ayer por mañana), ayer tú ayoha me tompas entanados, y vedes, y amailos...., toos talaos, de ujo, talaos!» Y la chiquilla trincaba un dedo de su padre, y lo paseaba de malla en malla, riendo. «Talaos así.»—«Bueno, preciosa...., te compraré horror de calcetines, calados así...., pero no me arranques el dedo.» Después de un intervalo de dos minutos, volvía á su tema la Nené, preguntando á su manera si le sería lícito enseñar los calcetines á las gallinas y á los Espíritus Santos (las palomas), y á Bismar, el mastín, á ver si eran de su agrado. Con la charla de la niña, lo agradable del paseo y la esperanza de una tarde aldeana deliciosa, Moragas se sentía como si le hubiesen hecho de nuevo el alma. De la irritación de antes, ni rastros. La llegada á la quinta y la irrupción en la huerta fueron triunfales.
Salió á recibirles el hortelano, vejezuelo ochentón, como una tapia de sordo, quitándose respetuosamente el serón de paja que le cubría la chola. Y el Doctor, encaminando la voz de modo que fuese derechita al tímpano, le dirigió la pregunta sacramental: «¿Qué hay de novedades, Sr. Jacinto?»
—Novedades....—contestó lentamente el patriarca.—Novedades.... Que el viento tronzó una pola de la cacia de flor...., y que un vidro de la galería está hecho pedazos...., y que la gallina pedriscada está clueca...., y que ayer noche mataron á un hombre en la parroquia.
—¿Mataron á un hombre?—repitió Moragas sin gran sorpresa, porque sabía la condición belicosa y levantisca de los mozos erbedanos, y creyó que se trataría de alguna riña de taberna.
—Á la fuerza lo mataron de noche (prosiguió el hortelano, creyendo que su amo le preguntaba la hora del suceso). Es Román, el carretero que iba y venía á Marineda con carretos de paja y de leña, y con sacos de trigo. Apareció esta mañana en el monte de Sobrás...., ¿ve? allí.... (y el viejo señalaba hacia un punto bastante próximo). Toda la cabeza le hicieron miajas con una piedra ó sabe Dios con qué.... Dice que parece un Ceomo....
—Quimera ó robo; nada, sobrevino una pendencia (pensó Moragas, metiéndose hacia su despacho, deseoso de un par de horitas de pacífica y jugosa lectura). Mas apenas daba principio á un capítulo de un libro nuevo de Maudsley, vió entrar despavorida á la niñera, y pegó un salto en el sillón, temiendo que se tratase de alguna peripecia ocurrida á Nené.
—¡Señorito, señorito! (Moragas conservaba, no obstante su pelo blanco, aire muy juvenil, y las criadas le señoriteaban á todo trapo.) ¡Señorito...., asómese...., que ahí va el Juzgado á prender á los que mataron á ese carretero!