La muchacha hablaba con el tono medroso que adopta la gente del pueblo para referirse á la Justicia, á la cual nombra con inflexiones de terror que no tiene quizá para los ladrones ni para los asesinos.—Moragas se levantó y se asomó á su galería, que dominaba el camino, fijándose con cierta curiosidad en el grupo. Iban delante, en malos caballejos, el Juez y el Secretario; seguíanles á pie dos parejas de la Guardia civil, cuatro hombres de rostro atezado y militar, de ágiles y airosas piernas bien modeladas por las polainas de camino; y detrás, á lo que puede llamarse sin metáfora distancia respetuosa, sobre una docena de aldeanas y chiquillos, pelotón que iba engrosándose á medida que la comitiva avanzaba. Moragas conocía al Juez, y aun había asistido en cierta grave dolencia á un hermano suyo; y al movimiento de cabeza y la sonrisa con que el representante de la ley le saludó, contestó vivamente gritando:

—Adiós, Priego.... ¿Quieren Vds. subir y refrescar? ¿Una botellita de cerveza?

—Tantas gracias.... Ahora, imposible—contestó Priego deteniendo un instante á su jaco, que no deseaba otra cosa.—Á la vuelta. Llevamos prisa.

—¿Y.... eso?—preguntó con significativo gesto el Doctor.

—¡Hmmm!—contestó el Juez en tono significativo, que respondía plenamente á la expresiva interrogación de Moragas, dando á entender del modo más claro:—«No crea V. que se trata de un crimen vulgar. Se me figura que hay tela.» Y tocando rápidamente al sombrero, los dos funcionarios consiguieron de sus monturas un mediano trotecillo, alejándose el grupo, que, al desaparecer en la revuelta, dejó, en opinión de Moragas, cierto silencio extraño en la atmósfera.

Intentó el médico recomenzar la lectura, pero no pudo. Sus ideas habían tomado otro giro; su fantasía, distraída y excitada, seguía al grupo, asistiendo á las escenas siempre dramáticas y grotescas á veces, que acompañan á eso que se llama en lenguaje técnico levantar el cadáver. Existe en todo hombre, en el menos literato, en el último burgués, lo que puede llamarse un novelista natural, capaz de urdir en pocos minutos treinta argumentos complicados y estrambóticos. Moragas poseía en alto grado esa facultad: tenía de sobra imaginación, aun dentro de la esfera de sus estudios profesionales; y, sin ser precisamente de la condición de aquel individuo que se murió de pena porque al vecino le habían sacado el chaleco corto, ello es que se interesaba mucho en los asuntos ajenos, con verdadero interés altruista; no por curiosidad, como tantos, sino por la condición esencialmente expansiva y generosa de su carácter. Dos minutos antes, le era indiferente el suceso de la muerte del carretero Román; pero después de la indicación del Juez, su fantasía trabajaba sobre el tema del crimen y del enigma probable que se encerraba en él. Al pronto no se dió cuenta del verdadero origen de aquella excitación, mas no tardó en comprender que se relacionaba con el extraño cliente que había acudido pocas horas antes á su consulta. «Quienquiera que sea el asesino, valdrá más que aquel tunante. ¡Si yo creyese que es lícito asesinar científicamente á algún prójimo, lo creería de ese bicho.... que ni prójimo conceptúo siquiera! ¡Así reviente de los malos hígados que Dios le dió! Pero vamos, que hoy es día de piedra negra. Aquel individuo por la mañana, y por la tarde este suceso.... que aún no sabemos en que parará.» Para distraerse, Moragas bajó al jardín, tamaño como un pañuelo, dió vueltas por sus calles, que más parecían callejones, se enteró del estado de salud de legumbres y hortalizas, mandó espallerar un pavío, hizo fiestas á Bismar, se indignó porque dos ó tres insolentes babosas se comían el fresal con todo el descaro del mundo...., y al mismo tiempo no cesó de atisbar por la verja el instante en que regresase «la Justicia».

Un poco antes de la puesta del sol, oyó un vocerío y divisó un tropel de gente que bajaba por la carretera, en dirección de la ciudad. Moragas se encaramó al miradorcillo que, desde el ángulo de la tapia, registraba el camino perfectamente. Abría la marcha, como siempre, turba de pilluelos descalzos, de esos que van adonde hay ruido y drama callejero, y que se reclutan lo mismo en los lavaderos de la Erbeda que en las plazuelas marinedinas: seguían, graves y ceñudos, los cuatro números de la Benemérita, y entre ellos caminaba, sueltas las largas trenzas sobre el vestido de oscuro percal, una mujer joven. Cuando pasaba la comitiva por debajo del mirador de Moragas, el sol poniente alumbró de lleno la figura de la presa. Representaba de veintiséis á veintiocho años: tenía el rostro cubierto de palidez; era menudita de cara y cuerpo, de facciones delicadas y regulares, de formas cenceñas, y con cierta pureza de líneas en el contorno del seno, alto y pudoroso, sobre un talle plano. El pelo muy negro, partido á ambos lados, alisado sobre las sienes y colgando atrás en dos trenzas, contribuía á prestarle expresión y aspecto de recato casi místico. Moragas sintió una impresión profunda de sorpresa. ¿Por qué llevaban entre Guardias civiles á aquella criatura? ¿Sería posible que fuese una criminal?

La multitud, que seguía al grupo de los Guardias y la presa, se componía de gente aldeana. Iban en actitud más triste que hostil, con caras y actitudes de gente que acompaña á un entierro. Sólo algunos hombres y algunas viejas cuchicheaban, mostrando indignación. Había mujeres que alzaban las manos al cielo; otras señalaban á la presa; muchas volvían la cabeza hacia atrás, mirando al objeto que cerraba la comitiva: uno de esos carros del país, de primitiva forma, con rueda sin radios, que caminaba lentamente, al paso de la yunta de bueyes rojizos, muy animados por la carga relativamente tan ligera. En efecto, detrás de la armazón de entretejidos mimbres que otras veces serviría para retener el carreto de arena ó piedra, no se distinguía sino un bulto de poca alzada, cubierto con groseros paños; Moragas no necesitó mirarlo dos veces para conocer que era un cuerpo humano, un cuerpo muerto.... Ni en los paños, ni alrededor del bulto, ni por parte alguna se veía mancha ni señal de sangre, y, sin embargo, Moragas creía notar en todo el carro un tono bermejo.... Era que el sol se ponía, y su luz oblicua inflamaba cuanto tocase....

Ya había desaparecido la turba en la revuelta del camino; ya no se oían sus voces, y aún Moragas no se había meneado del mirador. Le dejara profundamente pensativo aquella muchacha, tan débil, tan dulce en apariencia, llevada á la cárcel entre una muchedumbre acusadora. El aspecto de la mujer le había despertado viva curiosidad, parecidísima al interés. Tenemos, ó, por mejor decir, tienen las personas del carácter de Moragas, de esos chispazos compasivos, que con repentina vehemencia se apoderan del alma. Moragas era lo que en la época de Rousseau se llamó hombre sensible, y lo que hoy nuestro endurecimiento nombra, con cierto matiz de desdén, persona impresionable. Su profesión dolorosa, lejos de embotarle la sensibilidad, se la refinaba cada día. Con la misma vivacidad con que había arrojado por la ventana los dos duros de la consulta de Rojo, hubiese bajado entonces.... ¿á qué? Á cometer la ridiculez de ofrecer un refresco, una moneda, un consejo, una sonrisa, algo que tuviese forma consoladora, á aquella mujer tan pálida, de mirada tan fija, de labios tan convulsivamente apretados, de tan modesto porte....