Diez ó doce minutos hacía que ni el polvo levantado por la comitiva se veía flotar en la atmósfera, cuando Moragas descendió de su observatorio, porque se oía el trotecillo de dos jacos, y no dudó que fuesen las monturas del Juez y del Secretario, los cuales volverían cumplida su tarea de iniciar las diligencias sumariales. Así era en efecto: el trote se detuvo ante la puerta de la quinta, y los funcionarios descabalgaron prontamente. El Doctor comprendió que aceptaban el refresco, del que debían de estar bien necesitados, y al tiempo que salía á recibir á sus huéspedes, llamó á la niñera, dando órdenes para que la cerveza, la grosella, los pasteles, que por fortuna había traído de Marineda calentitos, se sirviesen en la mesa de piedra del cenador.

Entró el Juez con sobrealiento de hombre rendido de fatiga, limpiándose el sudor de la frente, y más serio y preocupado que antes. Era rubio, grueso, flemático, jovial, y no solía ahogarse en poca agua, por donde Moragas infirió que lo que así le preocupaba tenía que revestir verdadera gravedad. Al encontrarse en el cenador, donde corría un fresco deleitoso, y los jazmines olían regaladamente, y la cerveza sonreía en el limpio tanque, la fisonomía de Priego se sosegó y aclaró, y exclamando, como lo haría cualquiera en su caso, «¡Uff!», se derrocó en el banco de madera rústica, y contestó á lo que preguntaba su huésped, más con los ojos que con la lengua.

—Pues.... ¡cosa gorda.... gorda! Ó mucho me engaño, ó este crimen va á dar que hablar, no sólo aquí sino en la prensa de la corte.... ¡Ay, qué agradecido quedo á esta bebida! He sudado el quilo, y como no era cosa de que el Juez se pusiese á refrescar con vino en la taberna.... Sí, yo también pensé, al recibir el parte, que se trataba de una riña....; aquí son el pan nuestro de cada día, porque no he visto gente más dispuesta á andar á estacazos que la de estas parroquias. Pero ya desde que tomé los primeros vientos comprendí que era algo más.... Y á la verdad me hizo poca gracia, porque si los periódicos dan en jalear estas cosas, raro es el juez que sale bien librado. Que si fué, que si vino, que si debió hacer esto ó lo otro.... Y á nadie le gusta salir á pública vergüenza. ¡Señor! Esta cerveza conforta.

—Y la mujer que va presa, ¿qué papel juega en todo ello?—preguntó con afán Moragas.

—¡Una friolera! ¿La ha visto V. tan.... así.... que parece que no rompe un plato? Pues ó mucho me engaño.... ó es autora material.... ó por lo menos coautora é instigadora del crimen. Es la mujer del muerto...., mejor dicho la viuda del interfecto,—añadió Priego festivamente, empezando á mascullar un pastelillo de hojaldre.

Moragas se había quedado pensativo.

—¿Dice V. que esa mujer?....

—¡Como V. la ve! Por ahora, en rigor, es prematuro todo cuanto se diga; y sin embargo, apostaría yo mi toga á que fué ella.

—¿Ella sola? ¿Cree V. que ella sola habrá asesinado al marido?