—¡Es una maldad!—exclamó sordamente Rojo, apoyándose en la pared y escondiendo la faz demudada.—Que me apedreen á mí...., santo y bueno...., es decir...., tampoco....; pero, en fin, de apedrear.... Lo que es al chiquillo...., ¡valiente cochinada, señor de Moragas!, y V. me perdonará que me exprese con esta franqueza...., ¡valiente indecencia de esos pilletes sucios!

—Bien, hombre.... V. creía que no había más que echar hijos al mundo, y que luego, aunque V..... Caramba con el hombre este....

—Pero, señor,—intervino con fuego la Marinera.—el inocente ¿por qué ha de pagar? ¡Sólo unos corazones negros hacen eso, señor!

—Ea, déjense de historias,—ordenó el médico con hastío.—Denle eso que dice ahí, que rebajará la calentura.... Busquen limones ó naranjas, y que beba, que beba sin tasa naranjada fresca.... Humedecerle con el árnica disuelta los vendajes.... Nada de comida.... ¿eh?, ni un caldo, ni cosa ninguna.... Cuidadito....

Rojo, humilde y cabizbajo, murmuró llegándose al Doctor:

—Señor de Moragas, yo no le puedo pagar.... Es decir, que no tengo medios...., porque V., si á mano viene no querrá...., vamos...., tomar la pobreza que yo pueda darle.... Por el alma de su padre no se enfade.... Si yo lo que le pido es que no me deje al rapaz abandonado.... Si supiese que mañana había de volver....

Moragas titubeó un instante. Al fin prevaleció el impulso.

—Volveré,—contestó con firmeza.—Se lo prometo. Mañana, al anochecer.

Y en el momento de reclinarse en el rincón de su berlinita, antes que el cochero tocase con la fusta á la yegua, Moragas oyó una voz de mujer, que decía fervorosamente, como rezando:

—¡Dios y la Virgen de la Guardia le conserven la niñita! D. Pelayo, hoy gana el cielo. ¡Nuestro Señor lo acompañe, que tampoco nuestro Señor se desdeñaba de persona ninguna de este mundo!