Mientras Moragas discurría así, Rojo repitió la pregunta:
—¿Quedará cojo? ¿Imposibilitado?
—No,—contestó el médico en voz severa.—Ni quedará imposibilitado, ni cojo. Más que las lesiones, me preocupa el estado general.... Voy á ponerle á V. unas recetas....
Apareció por allí un recado de escribir, no tan malo ni tan descabalado como era de temer en aquel tugurio, y Moragas escribió sus fórmulas. No se oía en la habitación más que el angustiado respirar del padre y el quejido sordo del enfermo, al cual se acercó el Doctor, sorprendido de que la cura, en vez de calmarle, pareciese haberle producido más desasosiego, mayor inquietud.
—Convendría que no se moviese, por la dislocación....—observó Moragas.—Pero, ¿quién le sujeta? Con esa calentura de caballo.... Aguarde V..... Ya delira.
Telmo, en efecto, se agitaba en la cama, y su inarticulado gemir se convertía en palabras articuladas penosamente, aunque claras y expresivas. El Doctor prestó oído.
—Soy valiente,—afirmaba Telmo.—¿Quién es el que me llama cobardón? Embusteros.... Veréis si.... Tirar, que aguardo.... Os desdeñáis de mí, porque.... ¡Piedras y más piedras, contra!.... Soy hombre para todos.... Los cobardes vosotros.... Venga de ahí.... ¡pedrea!.... Yo solo....
—¿Qué dice?—preguntó el padre.
—¡Bah!—respondió Moragas.—Por lo visto se han reunido muchos chiquillos para apedrearle.... Lo que era de esperar.... ¡No se quede V. tan espantado, hombre!—añadió irónicamente, cediendo otra vez á la malevolencia.—¿Cómo? ¿no encuentra V. muy natural que la humanidad le apedree en la persona de su hijo?....