—¡Si no lo sabemos! (exclamó Rojo consternado.) Yo tuve noticia de que el niño estaba en el castillo de San Wintila, muy maltratado.... fuí, lo recogí, lo traje en brazos, y no le he podido sacar nada sobre el lance.
—Debió de ser una pedrea,—advirtió la Marinera.
—Sí, pero hay magulladuras en todo el cuerpo.... Ha caído de alto, no cabe duda,—advirtió el médico sin dejar de palpar al muchacho.
Cuando, terminada la cura, puestas las vendas, reducida la luxación, Moragas se enderezó exhalando un «¡uf!» de cansancio evidente, entonces—sólo entonces—se aproximó Rojo al médico, y con honda ansiedad le preguntó:
—¿Quedará cojo el muchacho? ¿Quedará resentido del pecho?
Moragas se volvió y por primera vez desde que conocía la condición social de su cliente, le miró cara á cara, como se miran unos á otros los seres humanos.
La casualidad le mostraba al hombre excluido del concierto social bajo el aspecto más capaz de conmover las fibras de su alma, aunque sólo fuese por analogía de sentimiento. ¡Moragas, el mayor padrazo de Marineda, el enamorado de la niñez, el derrochador de juguetes y confites, el hombre que después de una traqueotomía había mezclado sus lágrimas con las de la familia de la operada criatura!
Aquel fué el primer instante en que los sentimientos de Moragas, que tanto habían de influir en el destino de Juan Rojo, sufrieron un cambio de posición, giraron sobre su eje, por decirlo así, y á la indignación y al horror de algunas horas antes reemplazó una especie de interés extraño, de esa fascinación que la misma repugnancia produce, y que se asemeja á la vocación del casto apóstol que entra en una casa de perdición á convertir meretrices; porque la suma piedad va al sumo mal.—No era la primera vez que advertía Moragas esa propensión, que él calificaba humorísticamente de manía redentorista. Le había costado por cierto la tal propensión graves disgustos, comprobaciones penosas de negras ingratitudes, enredos gratuitos, molestias sin cuento y desazones magnas.... Lo menos que le había costado, costándole bastante, era dinero y tiempo. Sin embargo, al menor pretexto, la inclinación resurgía en Moragas, y la perpetua ilusión del redentorismo volvía á presentársele vestida con todos los adornos y galas que de ordinario ostentan nuestros sueños. «Si yo (pensaba el Doctor) acierto á nacer en la Edad Media, época en que las deficiencias del estado social y del organismo jurídico dejaban abierto tanto camino á la iniciativa individual, ¡sabe Dios lo que hubiese podido hacer! Pero en la sociedad presente, no cabe duda que esta bobería de sentir como propios los males ajenos, de meterme en lo que ni me da ni me quita, se parece mucho al oficio de enderezar tuertos y desfacer agravios que ya ridiculizó Cervantes.»
Al advertir que la condición y estado de Rojo ¡de Rojo! provocaban en él los primeros síntomas de la conocida enfermedad, el redentor se rió de sí mismo. «Moraguitas, esto es el acabóse. Ahora te ha dado por compadecerte de este sujeto. Ya has llegado al límite extremo de la chifladura benéfica, hijo. No, pues aquí sí que no te suelto yo la rienda. Á este hombre no es lícito ni considerarle como hombre. Si quieres interesarte por algo raro y estupendo, interésate enhorabuena por la parricida á quien viste pasar hoy, entre civiles, por la carretera. ¡Esa podrá ser una criminal, y admitamos, desde luego, que lo es; pero criminal en caliente...., criminal pasional, que al delinquir obró, sin duda, por irresistible impulso, sin importarle que al otro lado del foso que iba á saltar estuviese la expiación de una muerte afrentosa....! Esa mujer, Moraguitas, es una enferma como otra cualquiera de las que asistes.... Ahí se explica y se justifica la compasión.... Pero con el tío este, que á sangre fría y á mansalva ha tomado por oficio matar.... Á éste, como á una víbora se le debía aplastar la cabeza.»