Rojo soltó al Doctor; pero dando rápida vuelta, maniobró de suerte que vino, colocándose delante, á caer á sus pies sin decir palabra. Moragas se detuvo. El niño gemía.

—Está muy malito. Herido. No sé qué tiene roto en su cuerpo. Sr. D. Pelayo, ¡por el alma de su madre!

Don Pelayo siguió ganando terreno hacia la puerta, pero en ella encontró otro obstáculo: la Marinera, que le apostrofaba con energía.

—Señor, caridad. La caridad no distingue de personas, señor. Y el inocente no tiene la culpa de nada. Dios, nuestro Señor, nos manda caridad hasta con los perros.

Moragas luchaba consigo mismo; no entre encontrados sentimientos, que es lucha fácil, casi elemental, sino entre sentimientos análogos, todos amasados con aquella generosidad semi-quijotesca y semi-filantrópica que, diga lo que quiera el vulgo, no está reñida con las tendencias positivas del científico. Abandonar á un enfermo, parecíale, dentro de su profesión, monstruoso; y detenerse en aquella casa, cuidar al enfermo aquel, era, en su entender, una degradación, una especie de estigma que debía verse después en las manos. Moragas había prodigado los socorros de su ciencia á personas bien viles. Sabía de memoria las huellas hediondas que marca el vicio en el cuerpo del disoluto y de la ramera. Aunque hombre delicado en su vida interior y en el pulcro aseo de su persona, jamás había retrocedido ante ninguna enfermedad, por repulsiva que fuese: y al asistir á la humanidad doliente, gracias á una maravillosa analgesia, hija de la firme voluntad—esa analgesia que hacía decir á un santo que las llagas del leproso huelen á rosas—perdía el sentido del olfato, dominaba los del tacto y de la vista, y prescindía de la laceria para consagrarse enteramente al deber. Por primera vez retrocedía ante una llaga moral, y su imaginación viva redoblaba la impresión de horror, que, de puro violenta, llegaba ya á parecerle ridícula. De todas suertes, en el carácter de Moragas, no cabía que durase aquella lucha; de no haberse marchado en los primeros momentos, no se iría; y el pretexto para flaquear se lo dió la Marinera, insistiendo y repitiendo con una especie de severidad respetuosa:

—¡Ay, señor!... ¿pero va á dejar al inocente? Señor, Dios no manda eso. Mire que es una crueldad semejante porte.

—¿Es V. madre de ese niño?—preguntó Moragas.

—¡Ay! ¡no señor, alabado sea Dios!—contestó espontánea y vivamente la Marinera.—Mi marido es un hombre de bien, botero del Muelle....

Á su pesar sonrió Moragas; se estiró los puños, canturreó, y como el que se determina pensando «pecho al agua» se dirigió al catre del herido.—Con la pericia del veterano en estos penosos reconocimientos, comprobó muy en breve que el chico tenía rota la cabeza por dos partes; y descalzándole sin hacer caso de sus lamentos, advirtió que estaba dislocado el tobillo. De contusiones y magulladuras no se ocupó: eran numerosas, pero sin mayor importancia. Lesión interna no parecía que la hubiese, pero sí fiebre altísima. La Marinera alumbraba, y Rojo, inmóvil y como estupefacto, esperaba el desenlace.

—¿Cómo ha ocurrido esto? (preguntó el médico interrumpiendo su tarea.) ¿Han sido pedradas, ó se ha caído además?