—Señor Rojo.... ¡Gracias á la Virgen de la Guardia! ¡Ay qué suerte! ¡Dar yo la vuelta por la calle del Peñascal, pasar delante de la capilla de la Angustia.... y oir rodar el coche del Sr. de Moragas! ¡Ay qué chillido di! Me agarré á la puerta del coche.... conté lo que pasaba.... Y el Sr. de Moragas, como es tan humano, en seguidita mandó dar vuelta al cochero.... ¡Alabada sea la Virgen! Le he de rezar hoy mismo tres Salves.
Apeábase ya Moragas de su cansada berlinita, saltando con movimiento vivo y juvenil, y atravesando la puerta del rancho sin mirar siquiera á Rojo, fuese derecho á la cama en que Telmo yacía, diciendo con voz alta, animada, cariñosa, de médico que al entrar en casa de los pobres sabe que debe ante todo consolar al afligido:
—¿Qué pasa? ¿Quién se ha perniquebrado? ¿Un niño? Travesuritas, ¿eh? Ahora arreglaremos esa cabeza rota.
Inclinábase ya hacia el doliente, cuando la luz que Rojo había descolgado y aproximado alumbró de lleno el rostro del padre. Es indecible el asombro que expresó el de Moragas al reconocer á su cliente de por la mañana, al de los dos duros tirados á la calle. Ira, pasmo, menosprecio, chispearon en sus redondas pupilas, que giraron con furor, en las finas múltiples arrugas de su frente, en su abierta boca, en sus puños instantáneamente crispados.—«¡Usted, usted!»,—repitió con las variadas expresiones de los sentimientos que le agitaban.... Y serenándose de pronto por la misma fuerza de su cólera, y mirando al niño que gemía opacamente y al padre que bajaba los ojos y quería ocultarse, pronunció en tono grave é incisivo:
—El niño, ¿es de V.?
—Mío, sí.... Es mi hijo,—declaró Rojo con apagada y terrosa voz.
—Pues esa es la peor enfermedad de cuantas pueden sobrevenirle, y esa, ni se la curo yo, ni se la cura nadie,—replicó el médico volviendo la espalda y dirigiéndose hacia la puerta.
Aún no había dado tres pasos, cuando sintió que una mano se atornillaba al faldón de su levita, atirantándolo de un modo violento. Volvióse con repugnancia; miró de alto á abajo á Rojo como se mira á un sapo muy feo, y dijo, vibrando las palabras cual otros tantos restallidos de tralla:
—No me toque V., ó haré un desatino. Ya bastó el atrevimiento de por la mañana. Los duros que dejó V. sobre mi mesa los arrojé á la calle, por no conservar nada en que V. hubiese puesto las manos.