VII
La Marinera salió, dándose toda la prisa que le permitían sus pies guiados por sus casi inválidos ojos, mientras el padre se esforzaba en desnudar al herido. Quitóle la ropa exterior con el esmero imaginable, dejándole sólo la rota camisa; y por medio de pañuelos y ropa blanca que desgarraba, estancó como pudo la sangre que manchaba la frente y el cuello del guerrero vencido. Durante estas operaciones, Telmo se quejaba sordamente. Pero al querer descalzarle el borceguí del pie derecho, fué un grito tan agudo y lastimero el que lanzó la criatura, que Rojo se detuvo, sin resolverse á terminar la operación.
—¿Te duele mucho, rapaz? ¿Te duele mucho?—preguntóle afanosamente.
No contestó el muchacho, volviendo á su amodorramiento febril. Indudablemente no estaba su cabeza para discursos, ni su lengua para explicaciones. Sólo al cabo de dos ó tres largos minutos, balbuceó la exclamación de todos los maltratados, de todas las víctimas:
—¡Agua, agua!.... Tengo sed.
El padre llenó un vaso y lo acercó á los labios del niño, que bebió con ansia, dejando caer otra vez sobre la almohada la frente. Rojo apoyó en ella la mano.... Temperatura altísima, sequedad y aridez de la piel invadida por la calentura. Buscó Rojo una silla, la colocó á la cabecera, y la ocupó alterado y sombrío. Por dentro sentía una ternura, un delirio de doloroso afecto, que le ahogaban; pero la manifestación de aquel íntimo sentimiento, tan natural en la paternidad, era ruda, concentrada, como todo en él.
Tascando el freno de la impaciencia que aguija al que á la cabecera de un ser amado aguarda al médico y con él la certidumbre, quizá la salvación, Rojo meditaba sobre el suceso, y entreveía en él una nueva humillación agregada al ya innumerable catálogo de las que le habían ulcerado el espíritu. Sólo que ésta dolía más, porque daba en la carne viva, en el sentimiento que, enérgico y soberano hasta en la fiera montés, es en el hombre más fuerte que la muerte,—porque es amor.
¿Por qué le habían apedreado á su niño? ¿Era razón desahogar en Telmo los odios que infundía Juan Rojo? ¿Era justo dejar al muchacho, agonizando, bañado en sangre, en un lugar desierto? ¿Qué daño hacía á nadie la criatura? ¿No habría para ella perdón, olvido, indulgencia? ¿No era Telmo una persona como las demás? ¿Por qué le ponían fuera de la ley—hasta el extremo de matarle á pedradas?
Interrumpió estas reflexiones el rodar de un carruaje, que resonaba sobre el seco piso de la carretera como sobre sonoro pavimento de metal, y la voz de la Marinera, apresurada, loca de júbilo, resonó gritando: