—¿Tiene hijos ese matrimonio?

—Sí: una chiquilla de tres años.... Su abuela queda encargada de ella....

—Y V. cree que ella y el cuñado fueron los autores.... ¿y para qué?

—¡Bah! ¿Para qué había de ser? (exclamó riendo el funcionario.) ¡Parece mentira que V. haya sido despensero antes que guardián! Para que nadie les estorbase; para verse libres y campar por sus respetos.

El médico movió la cabeza. El crimen se le aparecía como un drama vulgar del adulterio; pero no pensaba lo mismo de la heroína, en la cual olfateaba algo extraño, algo digno de aquel misterioso interés que sentía despertarse en su mente de observador y de curioso del espíritu. Acaso influía bastante en esta disposición de su alma, la coincidencia de haber visto y hablado, por la mañana, al hombre que probablemente desenlazaría el drama, apretando el gaznate y deshaciendo las vértebras de aquella mujer tan joven y de tan apacible aspecto: perspectiva que tenía la virtud de hacer saltar á Moragas. ¡La sola idea de ver alzarse el cadalso, y para una mujer, le ofendía como un ultraje hecho á su misma persona! Nervioso ya, preguntó á Priego:

—Y esa mujer.... ¿irá al palo?

—No creo (respondió el Juez con cierta entonación clemente).—Yo supongo que autora, lo que es autora.... El guisado lo haría el querido. Ella sacará la inmediata. Y confiese V. que la merece.

Algo iba á contestar Moragas, que pensaba sobre el particular muchas cosas, pero le cortaron la palabra sus huéspedes, levantándose como el que tiene prisa de marchar. Vió el Doctor al través de la verja que estaba enganchado su coche, y propuso á los funcionarios llevarles á Marineda. Siempre irían mejor que en un penco de alquiler, y ganando tiempo: así como así, él aún tenía que hacer alguna visita antes de cenar. Accedieron; fiaron sus monturas á un espolista; subieron al cochecillo, que empezó á rodar con sosiego; y la divina paz de la tarde; la hermosura de la ría que se divisaba á lo lejos teñida de carmín por el último y ya expirante reflejo del sol; la quietud del viento; la frescura de primavera y de verdor temprano que enviaban los campos en plena germinación; las madrugadoras enredaderas que, ya algo floridas, se asomaban á las tapias de las quintas de recreo...., todo fué causa de que ni Moragas ni sus acompañantes volviesen á mentar el crimen, que parecía profanación de la sagrada hermosura de la naturaleza. Rendida por una tarde de rusticación, llena de polvo, con manchas en el traje, y barro en aquellos calcetines tan monos, Nené dormía.