La fisonomía del magistrado se enlobregueció más aún, y sus cejas se fruncieron, como indicando gran desagrado en la conversación. Mauro Pareja comprendió que ésta era muy indiscreta, y la torció, llevándola al terreno de la actualidad.

—Lo cierto es que crímenes de este calibre no se ven todos los días, si se confirma la versión última.... que parece la verdadera....

—¿Qué versión?—preguntó Lucio Febrero, el cual llegaba en aquel mismo instante y se incrustaba en el círculo, sin tomarse ni el trabajo de dar las buenas tardes.

Su llegada produjo impresión. Las cabezas se volvieron hacia él; los ojos buscaron sus ojos.

—¿Así está V.?—exclamó Moragas.—¿Tanta afición á la criminología, tanto revolver autores franceses, italianos y rusos, y desdeña V. la parte experimental? Porque, para V., el estudio de un crimen es como para mí el de un caso patológico.... mal que le pese al amigo señor Cáñamo, que á cada cosa que V. hace ó dice toma el cielo con las manos.

—¿Yo?....—murmuró el jurisconsulto aludido, con una sonrisa que quería parecer almíbar y era rejalgar muy cargadito de arsénico.—No; si á mí el Sr. Febrero ya me lleva convencido. Tales argumentos me va presentando, que me rindo: no hay diferencia alguna entre el criminal y el hombre de bien, y á los reos los debe sentenciar el tribunal.... á comerse una libra de yemas.

Lucio Febrero—mozo de buen talle y gallarda figura, digno sobrino carnal de aquel hermoso anciano que conocimos en Morriña—se sonrió con indulgencia irónica, mirando serenamente á Arturito Cáñamo, el cual, por su parte, evitaba la mirada del joven abogado, á quien de muerte aborrecía. Ha de saberse que Cáñamo, acabado de establecer en Marineda, con propósitos de barrer—calculaba para sus adentros—los demás bufetes importantes, y persuadido de que para conseguirlo necesitaba filosofar de palabra y en letras de molde, Arturito Cáñamo, digo, era un implacable penalista, y ya tenía escritos dos folletos abogando por la pena capital—por lo cual los marinedinos, que no carecen de travesura, le habían puesto el apodo de Siete patíbulos, y, bien que con menos éxito, el de Una horca en cada esquina,—así como al fiscal Nozales le llamaban Grocio y Pufendorf, por su afición á citar á estos dos tratadistas siempre juntos, como si fuesen uno solo.—Al aparecer en Marineda Lucio Febrero, con su aureola de brillantes estudios, con el prestigio de su figura y de su dicción enérgica, y con la arrolladora fuerza de sus ideas «disolventes», Cáñamo presintió, venteó en él al rival, al que podía cerrarle para siempre el camino de la fama y de la gloria. Á la verdad, Febrero siempre advertía que no pensaba fijarse en Marineda, sino que residía allí temporalmente, para evacuar ciertos negocios de intereses relacionados con la testamentaría de su madre; pero ¿no sería hábil disimulo? ¿No llevaría el maquiavélico fin de ir insinuándose con el público y minándole á él, á Cáñamo, el terreno donde principiaba á sentar el pie? ¿No tenía Cáñamo en Febrero el enemigo natural que acosa á cada ser? Y aunque así no fuese, ¿cabía la menor duda de que Febrero había de eclipsar y deslucir á Cáñamo, y era el innovador, el nihilista, el anarquista del derecho penal, que con sus insensatas pero fascinadoras teorías había de arruinar las esperanzas de Cáñamo.... y el edificio social por contera?

Los ojos de Siete patíbulos vagaban por la mesa, huyendo la franca, risueña y desdeñosa ojeada de Febrero: sin embargo, continuó, exagerando su sonrisita empapada en hiel.

—Señores, lo dicho: el Sr. Febrero ha llevado el convencimiento á mi ánimo. Ya me tienen Vds. convertido...., á la blasfemia, al ateísmo jurídico, al materialismo, al darwinismo desenfrenado y radical. Nada: discípulo me hago del señor Febrero; hay que amoldarse á los tiempos y dejarse ir con la corriente. Aquí me tienen Vds. dispuesto á ser protector y defensor de todo asesino.... ¡Digo asesino! ¡Si no los hay! El Sr. Febrero me los identifica con el hombre intachable.... Para él tanto monta el que estrangula á la madre que le dió el ser y el que la cuida y vela amoroso....

Volvió Febrero á mirar á Cáñamo fijamente, ya con más desprecio que chunga, y buscando en el bolsillo la petaca, respondió alzando los hombros al ataque de su adversario. Era Febrero vivo, apasionado, y su temperamento sanguíneo-nervioso le impulsaba á la discusión, como impulsan al atleta á la lucha sus músculos de hierro: no obstante, había resuelto—y era hombre que se cumplía las palabras á sí propio—no dejarse conducir al terreno polémico por Siete patíbulos. Dos ó tres frases sueltas, más ó menos contundentes ó festivas...., con eso sobraba. Á Cáñamo este sistema le llevaba al frenesí.