Tampoco atraían á la inocente los medrosos bustos que patentizaban los sistemas nervioso y venoso, y que miraban siniestramente con su ojo blanco, descarnado, sin párpados; ni aquella silla tan rara, que se desarticulaba adoptando todas las posiciones; ni el ancha palangana rodeada de esponjas y botecitos de ácido fénico; ni los objetos informes, de goma vulcanizada; ni nada, en fin, de lo que allí era propiamente ciencia curativa. ¡No! Desde el punto en que atravesaba la puerta, dirigíase flechada Nené hacia una esquina de la habitación, á la izquierda del sillón del Doctor, donde, suspendida de la pared por cordones de seda, había una ligera canasta forrada de raso. Era la famosa báscula pesa-bebés, el mejor medio de comprobar si la leche de las nodrizas reune condiciones, nutre ó desnutre al crío; y en su acolchado hueco, á manera de imagen ó símbolo del rorro viviente, veíase un cromo, un nene de cartón, desnudo, agachado, apoyadito con las manos en el fondo de la canasta, alzando la cara mofletuda y abriendo sus enormes ojazos azules. El cromo era el ídolo de Nené, que tendía las manos para alcanzar á su altura, chillando: «Nino selo, Nino selo.»—«Vamos á ver,» contestaba el Doctor, «¿qué quieres tú que te traiga hoy el Niño del cielo?» Había minutos de duda, de incertidumbre, de combate entre diversas tentaciones igualmente fascinadoras.—«Tayamelos.... rotilas.... amendas.... no, no, galetas.... Un chupa-chupa....» El chupa-chupa prevalecía al fin, y el Doctor, levantándose ágilmente y ejecutando con limpieza suma el escamoteo, deslizaba del bolsillo de su batín al fondo de la canasta un trozo de piñonate. Aupando después á Nené, el hallazgo de la deseada golosina era una explosión de gritos de gozo y risotadas mutuas.

Preparábase alguna comedia de este género, porque Nené ya gobernaba hacia la báscula, cuando asomó por la puerta lateral, que sin duda conducía á la antesala, un criado, que al ver al Doctor con la niña en brazos, quedóse indeciso. Moragas, contrariado, frunció el entrecejo.

—¿Qué ocurre?

—Uno que ahora mismito llega.... Dice que si pudiera entrar lo estimaría mucho; que ya vino antes, y como había tanta familia....

Alzó la vista el médico, y se fijó en la esfera del reloj de pared. Marcaba las dos.... menos cinco. Esclavo del deber, Moragas se resignó.

—Bueno, que entre.... Nené, á jugar con la muchacha.... Ahora no da nada el Nino selo. Ya sabes que mientras hay consulta....

Nené obedeció, muy contra su voluntad. Antes de volverse, dejando cerrada la puerta que le incomunicaba con la chiquilla, el Doctor adivinó de pie en el umbral al tardío cliente. Delataba su presencia un anhelar indefinible, la congoja de una respiración; y al encararse con él, el médico le vió inmóvil, encorvado, aferrando con ambas manos contra el estómago el hongo verdoso y bisunto.

Moragas mascó un «siéntese», y se encaminó á su sillón, calando nerviosamente los quevedos de oro y adquiriendo repentina gravedad. Su mirada cayó sobre el enfermo como caería un martillo, y en su memoria hubo una tensión repentina y violenta. «¿Dónde he visto yo esta cara?»

El hombre no saludó. Sin soltar el sombrero y con movimiento torpe, ocupó el asiento de la silla que el Doctor le indicara; sentado y todo, su respiración siguió produciendo aquel murmullo hosco y entrecortado, que era como un hervor pulmonar. Á las primeras interrogaciones del Doctor, rutinarias, claras, categóricas, contestó de modo reticente y confuso, dominado tal vez por el vago miedo y el conato de disimulo ante la ciencia que caracteriza en las consultas médicas á las gentes de baja estofa; pero, al mismo tiempo, expresándose con términos más rebuscados y escogidos de lo que prometía su pelaje. Moragas precisó el interrogatorio, ahondando, entregado ya por completo á su tarea. «¿Hace mucho que nota V. esos ataques de bilis? Los insomnios, ¿son frecuentes? ¿Todas las noches, ó por temporadas? ¿Trabaja V. en alguna oficina; se pasa largas horas sentado?»

—No, señor,—contestó el cliente con voz sorda y lenta.—Yo apenas trabajo. Vivo descansadamente; vamos, sin obligación.