Al parecer nada tenía de particular la frase, y, sin embargo, le sonó á Moragas de extraño modo, renovándole la punzada de la curiosidad y el prurito de recordar en qué sitio y ocasión había visto á aquel hombre. Volvió á fijar sus ojos, más escrutadores aún, en la cara del enfermo. En realidad, las trazas de éste concordaban muy mal con la aristocrática afirmación de vida descansada que acababa de hacer. Su vestir era el vestir sórdido y fúnebre de la mesocracia más modesta, cuando se funde con el pueblo propiamente dicho: hongo sucio y maltratado, terno de un negro ala de mosca, compuesto de mal cortada cazadora y angosto pantalón, corbata de seda negra, lustrosa y anudada al descuido, camisa de tres ó cuatro días de fecha, leontina de plata, borceguíes de becerro resquebrajado sin embetunar, y en las manos nada absolutamente: ni paraguas, ni bastón. No suelen andar así los ricos, á quienes por obra y gracia de Dios les caen del cielo las hogazas.

—¿Según eso, no hace V. ejercicio ninguno?—preguntó Moragas, que creía proseguir el interrogatorio facultativo, pero se iba por la tangente de la excitada curiosidad.

—Como ejercicio, sí....—respondió opacamente el hombre.—Paseo muchísimo. Á veces ando dos y tres leguas y no me canso. Algo se trabaja también en la casa. No es uno ningún holgazán.

—No he dicho que V. lo sea,—replicó con inflexión de severidad el médico.—Yo tengo que enterarme, si he de saber lo que anda descompuesto en V. ¿Á ver? Reclínese allí,—ordenó, señalando hacia un ancho diván colocado entre las dos ventanas del gabinete.

Obedeció el enfermo, y Moragas, acercándose, le desabrochó los últimos botones del chaleco, tactando y apoyando de plano su mano izquierda, abierta, sobre la región del hipocondrio. Luego, con los nudillos de la derecha, verificó rápidamente la percusión, auscultando hasta dónde ascendía el sonido mate peculiar del hígado. Mientras realizaba estas operaciones, adquiría su rostro movible una expresión firme é inteligente, al par que el del enfermo revelaba ansia, casi angustia.—«Puede V. levantarse»—articuló Moragas, que se volvía ya á su sillón, canturreando entre dientes, acto mecánico en él.

Fijó otra vez la mirada en el consultante: ahora auscultaba y tactaba, por decirlo así, su fisonomía. Moragas, aunque del vitalismo pensaba horrores, no era el médico materialista que sólo atiende á la corteza: sin hacer caso de ese escolástico duendecillo llamado fuerza vital, nadie concedía mayor influencia que él á los fenómenos de conciencia y á las misteriosas actividades psico-físicas, irreductibles al proceso meramente fisiológico. «Ahí, en el cerebro ó en el alma (no disputemos por voces), está el regulador humano», solía decir. En muchos desfallecimientos de la materia veía lo que tiene que ver un observador culto y sagaz: el reflejo de estados morales íntimos y secretos, que no siempre se consultan, porque ni el mismo que los padece tiene valor para desentrañarlos. Dígase la verdad: Moragas admitía la recíproca: á veces curó melancolías y violencias de carácter con píldoras de áloes ó dosis de bromuro. Él sabía que formamos una totalidad, un conjunto armónico, y que apenas hay males del cuerpo ó del espíritu aisladamente. En el cliente que tenía delante, su instinto le señalaba un caso moral, un hombre en quien el infarto del hígado procedía de circunstancias y sucesos de la vida.

—¿Bebe V.?—preguntóle secamente, con cierta dureza.

—Á veces.... una chispa de caña....

—¿Una chispa no más? V. no se consulta bien, mi amigo. V. quiere engañarme, y no estamos á engañarnos aquí.

—No le engaño á V., no señor; porque que un hombre tome un vaso ó dos, ó tres si á mano viene, me parece á mí que no hace cuenta. Hay ocasiones que no se puede menos, y pongo yo á cualquiera á que no eche un trago....