—Pues V. no debe echar ninguno,—advirtió el médico endulzando la voz, porque notó en la del cliente tonos muy amargos.—Le prohíbo á V. que lo cate hasta Noche Buena lo menos.

¿Pero dónde diablos había visto Moragas al individuo aquel? ¿Cuándo cruzara ante sus ojos la figura luenga, enjuta y como doblegada; la silueta que tenía algo de furtiva, algo que inspiraba indefinible alejamiento y recelo? Á cada instante reconstruía con más precisión la frente cuadrangular, anchísima, el pelo gris echado atrás como por una violenta ráfaga de aire, los enfosados ojos que parecían mirar hacia dentro, las facciones oblicuas, los pómulos abultados, la marcada asimetría facial, signo frecuente de desequilibrio ó perturbación en las facultades del alma. Si el médico tuviese delante un espejo, y pudiese establecer comparaciones entre su figura y la del individuo á quien examinaba, comprendería mejor la impresión de repulsa que estaba sintiendo, y la atribuiría á lo marcado del contraste. Era la actitud de Moragas de desenfado, por mejor decir, de esa petulancia cordial que impone simpatías: diríase que siempre se disponía á avanzar, presentando el pecho, adelantando la cabeza, tendiendo la nariz husmeadora y grande. El enfermo, al contrario, parecía como que, obedeciendo al instinto de ciertos insectos repugnantes, se hallaba constantemente dispuesto á retroceder, á agazaparse, á buscar un rincón sombrío. Al comprobar la repulsión que le infundía el cliente, el médico se regañó á sí propio, tuvo un impulso de bondad, y mientras tomaba la hoja de papel para escribir una especie de directorio á que había de sujetarse el enfermo, con la izquierda cogió de una purera de caoba un cigarro, y se lo alargó, diciéndole:—«Fume V.»

Al mismo punto en que las yemas de sus dedos rozaron las del cliente, la obscura reminiscencia que flotaba en su memoria dió un latido agudo, y casi se condensó. Moragas creyó que iba á recordar...., y no recordó todavía. Vió una niebla, detrás un rayito de pálida luz....; mas todo se borró al rasgueo de la pluma sobre la cuartilla blanca. Mientras escribía, notaba (sin verlo) que el cliente no se había atrevido ni á encender el cigarro ni á guardárselo en el bolsillo de la americana. Moragas firmó, rubricó, secó en el vade, y tendió la hoja al enfermo.

Éste permaneció un momento indeciso, con la hoja en la mano y la mirada errante por la alfombra. Al fin se resolvió, hablando torpemente, llamando al médico por su nombre de pila.

—Y.... dispénseme...., ¿y cuánto tengo que abonarle, Don Pelayo?

—¿Por eso?—repuso Moragas.—Según.... Si es V. pobre de verdad, deme lo menos que pueda...., ó no me dé nada, que es lo mejor. Si tiene V. medios...., entonces, dos duros.

El hombre echó mano pausadamente al bolsillo del chaleco, revolvió con tres dedos en sus profundidades, y sacó dos duritos brillantes, del nuevo cuño del nene, que depositó con reverencia en un cenicero de bronce.

—Pues muchísimas gracias, señor de Moragas,—pronunció con cierto aplomo, como si el acto de pagar le hubiese dado títulos que antes no tenía.—No molesto más. Volveré, con su permiso, á decirle cómo me prueban los remedios.

—Sí. Vuelva V. Observe el método, y no descuide la enfermedad. No es de muerte, á no sobrevenir complicaciones; pero.... merece atenderse.

—Si uno no tuviera hijos,—contestó el hombre, alentado por aquellas pocas palabras levemente cordiales,—tanto daba morir un poco antes como un poco después. Al fin y al cabo se ha de morir, ¿verdad? Pues año más ó menos, poco interesa; digo, á mí me lo parece. Pero los hijos duelen mucho, y dejarlos pereciendo.... Vaya, á su obediencia, Don Pelayo.