Acababa de caer la cortina de la puerta; aún se oían en la antesala los pasos del cliente, cuando Moragas se alzaba del sillón, un tanto desazonado y nervioso.
—Lo dicho; yo conozco á este pájaro, y le conozco de algo raro; vamos, que no me cabe duda. Es particular que no caiga en la cuenta desde luego, tan harto como está uno aquí en Marineda de rozarse con todo bicho viviente. Y él, forastero no es, porque.... no; ¡si quedó en volver de cuando en cuando á ver cómo le sienta el método prescrito! No; ¡qué va á ser forastero! Moraguitas (el Doctor solía interpelarse á sí propio en esta forma), ¿por qué no le has preguntado el nombre á ese tío? ¿Por qué no te enteraste de dónde vive? ¡Bah! Tiempo hay; se lo preguntaré cuando vuelva. De todos modos, me llama la atención no acertar qué casta de punto es este....
—¡Nené!—gritó, aproximándose á la puerta por donde había salido la chiquilla.
Pero la Nené no asomó su hociquito salado, y el Doctor, obedeciendo á otra excitación caprichosa, volvió á la mesa, tomó la plegadera, y emprendió de nuevo cortar las hojas de la Revue. Había allí un artículo sobre los morfinómanos que debía de ser completo, interesante.... Entretenidas las manos en la operación mecánica de rasgar la doblez del papel, proseguía en su cerebro distraído el sordo combate de la memoria, el impulso de la noción que quería abrirse calle entre otras infinitas, depositadas, como en placa fonográfica, en aquel misterioso archivo de nuestros conocimientos. Sin duda una viva ola de sangre refrescó el rincón en que el recuerdo dormía, porque de improviso se destacó, claro y victorioso. Sintió Moragas el bienestar que causa el cese de la obsesión; pero apenas disipada la rápida impresión, casi física, de libertad y sosiego, el médico notó un estremecimiento profundo; enrojecióse su tez, hasta la misma raíz del plateado cabello; temblaron sus labios, chispearon sus ojos, se dilató su nariz, y Moragas, pegando un puñetazo en la mesa, exclamó en voz alta y resonante:
—Ya sé.... El verdugo.... (Interjección furiosa y redonda.) ¡El verdugo! (Otra más airada.)
Inmediatamente se arrancó del bolsillo el pañuelo; con las puntas de los dedos envueltas en él tomó las dos monedas relucientes; abrió de golpe la ventana, y dejó caer el dinero sobre las losas de la calle, donde rebotó con son argentino.
En aquel instante la Nené empujaba la puerta. Venía gorjeando; pero al ver á su padre que se volvía cerrando las vidrieras y destellando cólera y horror, quedóse paradita en el umbral, con ese instinto de las criaturas, que se hacen cargo de la situación psíquica mejor que nadie, y murmuró por lo bajo:
—¡Papá riñe.... papá riñe!