No se daba Don Pelayo cuenta exacta de lo que decía: no hablaba su razón, sino su voluntad, algo que le traía á la boca frases imprudentes de esperanza y consuelo. ¿Cómo podía él impedir que aquella mujer pereciese en el patíbulo? ¿Cómo?.... «Pues no se me antoja que muera. Moraguitas, esta partida hay que ganarla.... ¡Vergüenza para ti si no la ganases!....»

Cuando médico y abogado, abandonando el recinto de la prisión, salieron á beber con ansia el aire del mar, Febrero se detuvo y dijo al Doctor en tono reflexivo:

—Estoy persuadido de que á la gente del pueblo se la trastea como se quiere, y que podemos hacerles mucho bien, no alumbrando su razón, sino utilizando su credulidad. Deja V. á mi defendida cual yo no la he dejado nunca.... Lo mismo que un guante. Esa mujer tiene una particularidad propia de criminales: ya sabe V., la escasez de reacción vascular.... y la insensibilidad. No la he visto ponerse colorada ni una vez sola, ni nunca he sorprendido que derramase una lágrima. Pues hoy, al hablarla V., se ha encendido y se le han humedecido los ojos. Ha hecho V. bien.... Le ha perdonado V. lo peor del castigo, que es su idea y su temor. ¡Morir! Hemos de morir todos...., y quién sabe si antes que ella. En lo único que le llevamos ventaja, es en ignorar la hora. ¡Cuántos tísicos asistirá V. que á la primer hoja que caiga!.... Lo cruel no es matar, sino martirizar lentamente con el miedo: la ley aquí, inspirada en el criterio de Cáñamo, premedita el asesinato y lo realiza con ensañamiento progresivo; cada día que pasa añade una tortura: el insomnio, los sueños espantosos, el despertar temblando, las últimas horas, en que ya se cuenta por segundos.... Esa mujer mató, es cierto; pero el muerto pasó, casi sin sufrir, del sueño á la eternidad; y la ley, en represalias, la tiene medio año con el garrote delante de los ojos.... Crea V. que esa mujer ya expió su crimen sólo con lo que lleva pensado estos días. En fin, V. le ha proporcionado algún alivio.... Hay mentiras benéficas.

Moragas no contestó al pronto. De una fosforera de plata sacó un fósforo para encender el cigarrillo. Afianzó los lentes, acarició sus solapas, y de improviso, dando á Febrero un empellón muy expresivo, dijo lentamente:

—Y V., ¿qué diría si no fuesen mentiras?.... Vamos, ¿qué diría V.?

Febrero sonrió con incredulidad afectuosa, y agarrándose del brazo del Doctor, respondió:

—No crea V. que no sé yo los vientos que corren en altas esferas.... Aunque interesen Vds. á medio Congreso y á medio Senado, y á Lagartijo y al Nuncio...., tiempo perdido. Éstos van al palo...., y yo me largo por no verlo, ni oirlo, ni leer un periódico, ni abrir una carta en cuatro meses.

—Yo no soy diputado, ni senador, ni torero, ni plenipotenciario....,—afirmó Moragas, deteniéndose y despidiendo hacia el mar una bocanadita de humo;—pero.... Basta; chito; cada uno se entiende.

—¿Qué,—preguntó Febrero humorísticamente,—va V. á escalar la Cárcel ó á practicar una mina? Déjese V. de eso, Doctor. La vida de un ser más ó menos, créame V., nada importa. Lo único serio, y lo único que se debe defender á capa y espada, son las ideas. Cuando sucumbe una idea, es cuando procede tocar á muerto, llorar, vestir luto.... Lo demás.... ¡Psch!