La presa no contestó. Bajó los ojos, y un leve estremecimiento agitó su cuerpecillo.
—Mira,—añadió el defensor;—para que veas que no te olvido un momento, aquí te traigo á una persona muy respetable y muy influyente, el Doctor Moragas.... Puede hacer muchísimo por ti.... si.... si llegase el caso.... Verás como.... entre todos....
Moragas se aproximó más á la reo, envolviéndola en aquella ojeada penetrante y alentadora que sabía tener á la cabecera del enfermo desahuciado. La mujer á su vez levantó la vista, y el médico alargó la mano y cogió la de la culpable, apoyando la yema del pulgar en la muñeca para apreciar la pulsación. La piel estaba fría y ligeramente sudorosa; el pulso retraído, casi insensible.
—Ánimo,—profirió á su vez Moragas, pero en tono completamente distinto del de Febrero, con fe, ardor y persuasión comunicativa.—Ánimo. Dé V. gracias á Dios, que hoy es un buen día para V. ¿Á V. qué le parece? ¿Tengo yo cara de mentir ó de engañar? Pues yo afirmo que no irá V. al palo.
Por la muñeca que Moragas oprimía se precipitó un arroyuelo vivo y rápido de caliente sangre; activóse el pulso, y la piel adquirió suave temperatura. La mujer fijó en Moragas la humedecida y brillante mirada de sus ojos, exclamando:
—V. tiene cara de decir verdad.
—Pues valor y esperanza, y no soñar más con el cadalso....
—¿No me matarán?
—¡No, y no, y no!