Eran pardas y bisuntas las paredes; negra y rebajada la techumbre; carcomido el piso; reducidísimo el espacio para el rebaño de presas que se apiñaba en pie, buscando apoyo en las ruines tarimas,—donde sólo convidaba al sueño flaco jergón mal surtido de poma ó paja de maíz seca;—mefítica la atmósfera, y triplicados los polvorientos barrotes que la retasaban. Mas al través de los hierros, tan próxima que casi metía por ellos jirones de raso turquí, estaba la bahía amplia, majestuosa, rielando bajo el sol, poblada de gentiles minuetas, de chalanas, de pesados lanchones, y señoreada por un magnífico trasatlántico, el Puno, que con las calderas trepidando aún, mal borrado el penacho gris de su alta y fina chimenea, acababa de fondear, y sobre cuya cubierta hormigueaban los pasajeros, aguardando la falúa de la Sanidad para arrojarse á los columpiadores esquifes.... Indiferente, buena sin propósito de serlo,—como la naturaleza misma,—la bahía enviaba á las reclusas el perpetuo socorro de un aire salobre y vivificante, que en aromáticas bocanadas se introducía burlando las rejas....
El celador advirtió á Moragas que de aquellas hembras,—exceptuando la parricida,—ninguna estaba allí más que por leves faltas, hurtos, agarros de moño, cosa insignificante, que á muchas las permitía alardear aún de mujeres de bien. Sin embargo, con la misteriosa fraternidad que en la prisión se establece, todas trataban cordialmente á la sentenciada á morir.
Sentada en un rincón, vestida de riguroso luto, la divisó Moragas, avisado por un codazo de Febrero. «La individua»—pronunció más con los ojos que con la boca el abogado, y el médico se fué derecho hacia ella. La reo se levantaba ya por respeto á su defensor, y daba felices días; y al oir por vez primera su voz delgada y tímida, Moragas experimentó la misma impresión aguda é intensa de piedad que había notado al verla cruzar la carretera entre guardias civiles. Acaso fué mayor, más punzante, porque veía á la criminal enflaquecida, encorvada, lo mismo que si sus espaldas soportasen, no en sentido figurado, sino en realidad, el terrible peso de la ley. Por su reducida estatura y magrura extrema, parecía un muchacho disfrazado en ropas femeniles: bajo su mantón negro, cruzado á pesar del calor, no se distinguía forma de mujer, y el pañolito de zaraza con lunares, avanzando sobre la frente, envolvía en marco de sombra el rostro color de cera, afilado, sumido. Moragas contemplaba aquellas facciones menudas, aquellos ojos enrojecidos por el insomnio, y aquella boca contraída que no presentaba ningún signo característico de sensualidad.
—¿Qué tal? ¿Cómo vamos?—preguntó el defensor llegándose á la reo, en tono que quería ser campechano y jovial.
—Así.... así....—contestó la mujer penosamente.
—Ahora te han mudado de habitación, ¿eh? Aquí estás mejor—observó Febrero. (La habitación no era mejor ni peor que la otra.)
—Psch.... Sí, señor.... Bien estoy en todas partes—murmuró la presa con apagado acento, recalcando un poco la palabra bien.
—¿Y.... de ánimos? Mira, ya sabes que no te permito abatirte,—añadió Febrero en tono de médico que ordena al paciente vomitivos ú otra medicina repugnante.
—De ánimos.... muy mal, señor....—respondió la sentenciada, fijando sus ojos, grandes, obscuros y de mirada dura, en el abogado.—Sueño cosas.... Ayer.... soñé que estaba ya en el cadalso mismo.
—¡Valiente simple!—exclamó Febrero, riendo forzadamente.—Como me vuelvas á soñar bobadas semejantes.... Ya te he dicho cien veces que el Supremo casará la sentencia, y aunque no la case es igual, porque gestionaremos el indulto. Y de todos modos.... ¡tonta! ¡Si aún tenemos por delante el verano entero! En tiempo de vacaciones no funcionan los tribunales.... Bien sabes que hasta el otoño lo menos no puede pasar nada....