—Allí tiene V. al coautor del crimen de la Erbeda; el sentenciado á muerte....
El Doctor se volvió con viveza, pero Lucio le contuvo poniéndole la diestra sobre el brazo.
—Acerquémonos con disimulo.... Ese individuo me aborrece desde que defendí á su cuñado, porque cree que yo traté de echarle encima toda la culpabilidad.... Si le dirijo la palabra, baja la cabeza, y no me responde.... Pero desde aquí le verá V. muy bien.
—¡Qué facha tan siniestra!—exclamó Moragas.
El asesino, recostado en la jamba de la puerta, miraba al patio, y la luz del sol le hería de lleno. Efectivamente, su cara y su aspecto eran característicos. Moragas reparó en su cabeza deprimida, con pelambrera sombría, semejante á las pelucas de los villanos de comedia; en su mirar zaino, su siniestra palidez, su cara mal proporcionada, más desarrollada del lado derecho, sus manos grandes y nudosas, su prominente y bestial mandíbula. Bajo la blusa y el pantalón de lienzo se adivinaba un cuerpo vigoroso, y el zapato de lona dibujaba el pie aplanado y recio de la plebe aldeana. La posición que había adoptado arrimándose á la puerta era algo penosa, por hallarse sujeto con grillos, que le impedían cruzar las piernas.
—Éste sí que no engaña,—murmuró Moragas.—¡Qué pedazo de bruto! ¡Vaya un protagonista para un crimen pasional!
—Pues ahí verá V.,—contestó Febrero.—Si la gente fuese observadora, sólo con mirarle á la geta se reiría de los patéticos apóstrofes de Nozales y de todo aquello del culpable ardor y del fuego criminal. ¿Ese hombre inspirar pasión? ¡Caballeros! Es un másculo de las edades prehistóricas; es el oso de las cavernas.... Subamos, y observe V. el contraste entre el Romeo y la Julieta, que desde arriba puede contemplarle, si se le antoja.... ¡Pero no le contemplará! ¡Si algún alivio puede tener la desgraciada, es encontrarse libre de semejante fiera! Y le advierto á V. que cuando le preguntan á él, jura en tono plañidero que ella le incitó, que ella le perdió....
Subían, mientras Febrero hablaba así, por las escaleras húmedas y pinas, y dejando atrás las cocinas apagadas y solitarias, de ennegrecido y sórdido fogón, llegaban al departamento de las presas. Oíase en el pasillo el aullido fúnebre y prolongado de una loca furiosa, encerrada en celda aparte, en tanto que se expedienteaba calmosamente su envío al manicomio. Cuando penetraron en las cámaras destinadas á las mujeres, pudo el Doctor creerse metido en un infierno con vistas al paraíso.