—Pues sepa V. que ésta es una de las mejores de España. ¡Hay cada cárcel por ahí! En algunas viven los reos con los pies metidos en agua.... ó en cosa peor. Acuérdese V. de lo que charlamos hace tiempo en el Espolón: la idea de que el acusado es torturable no se ha extinguido, ni mucho menos.—Esta Cárcel—añadió Lucio deteniéndose y agarrando familiarmente al Doctor por la solapa—es un portento de construcción, al decir de los inteligentes en arquitectura. Ahí le contarán á V.—caso que tenga la paciencia de escucharlo—que si el carcelero deja caer al suelo en su habitación el manojo de llaves del edificio, se oye el estrépito desde cualquier celda, y que á su vez el carcelero, desde su habitación, no pierde ripio de cuanto pasa en las celdas de los presos.... Á pesar de tales maravillas de acústica, por las rejas bajas entran botellas y más botellas de aguardiente, y el último día que estuve á ver á mi defendida, había un preso curándose de dos puñaladas, causadas en riña después de una juerga.... ¡Qué mundo, este mundo penal!.... ¡Y decir que ahí, y no en los infolios apolillados, está el Derecho futuro, el que crearemos! Entre V., que ya verá tristezas.... aunque ahí nadie se queja ni llora: todos son estoicos desde que pasan ese umbral.
Entraron, y se puso á sus órdenes un empleado solícito, acostumbrado á las visitas de Lucio Febrero, que andaba en la Cárcel como por su casa. Moragas, no familiarizado con el lugar, miraba con desolación las paredes revestidas de suciedad inveterada, de mugre que parecía exudación del delito; deletreaba los rótulos trazados sobre ellas con humo, y resistía, á fuer de médico, el tufo indefinible, mezcla de vahos de rancho insípido y de gente desaseada, que flotaba por los pasillos y hasta en los patios. Aunque los dos amigos iban derechos al departamento de mujeres, situado en el piso alto, Febrero arrastró á Moragas hacia el patio principal, donde tomaban recreación los hombres. Los presos, que llevan por sistema fingir indiferencia hacia cuanto viene de fuera, no cambiaron de postura ni interrumpieron sus ocupaciones. La mayor parte de ellos, fuerza es decir que en nada se ocupaba: entregados á la detestable holgazanería carcelaria, paseábanse en grupos por el estrecho recinto, charlando ó canturreando á media voz, y clavando de soslayo en Febrero miradas frías y hostiles. Moragas sentía aquellas ojeadas alevosas, que se le hincaban como navajillas en el rostro. Un preso, en particular, le inspiró tan súbita repugnancia, que de buen grado se iría á él para retarle y abofetearle. «¡Vaya un pájaro!»—murmuró dando con el codo á Febrero.—El pájaro merecía, en efecto, alguna atención, por más que su tipo no ofreciese una singularidad propia de Marineda, sino una variedad, común tal vez en todos los establecimientos penales del universo. Era el Adonis del presidio; el que en París se llama pâle voyou, en Madrid chulapo, y en Cantabria carece de nombre propio, por ser planta exótica: mozo imberbe, de quebrada color, con cierta perfección de formas que en vez de atraer repelía, como repele una lámina obscena. Vestía camiseta sucia, que descubría el arranque del cuello y el resalte de las tetillas; pantalón de paño crema, ceñido como el de los bailaores, y botas prietas, nuevecitas, de caña clara. La cabeza llevábala desnuda, y pegado el cabello á las sienes en reluciente gancho. Andaba con indecoroso meneo de caderas, y en provocativa actitud se aproximó al grupo de Moragas y Febrero, como diciendo: «Mírenme Vds., aquí está un mozo cruo.» El celador que acompañaba á los dos amigos empujó con disimulo á Febrero, y llegándose al oído de Moragas, susurró guiñando el ojo: «Á ese lo mantiene y lo viste y lo habilita de todo una....»
Mas ya solicitaba la atención de Moragas otro asunto; acababa de divisar, en el ángulo fronterizo del patio, á dos criaturas, que representarían á lo sumo de nueve á once años.
—¡Vea V.!—exclamó, dirigiéndose á Febrero.—¡No pensé que también hubiese micos!
Los chicos, acurrucados en el suelo, se levantaron á la voz del celador, que les dijo imperiosamente: «Aquí.» Acercáronse los dos: el mayorcillo, altivo, serio; el menor, risueño, cínico, ostentando en la carita esa expresión picaresca, que acompañando á la inocencia tiene algo de celestial, y que marchita por el vicio encoge el corazón.—«Á ver, ¿por qué estarán aquí este par de peines?»—exclamó el Doctor, alargándoles con disimulo no sé qué plata menuda. Iba á explicarlo Febrero, pero el celador se adelantó.—«El más pequeño es el que escaló una chimenea para abrir la puerta á los ladrones cuando entraron á coger los cálices y las alhajas en San Efrén. El otro...., que parece de once años, pero tiene ya sus doce y medio.... es el que en el Campo de Belona dejó seco á un asistente de una puñalada en la ingle.»—Moragas clavó los ojos en el precoz homicida.
—¿Es verdad eso?—preguntó con más lástima que enojo.—No alzas del suelo tanto como mi bastón...., ¿y ya has matado á un hombre?
Al mismo tiempo le consideraba con sorpresa, notando que parecía el muchacho aquél un niño filipino; su cara era terrosa, juanetuda, inexpresiva; sus ojos oblicuos, su boca pálida.
—¿Por qué hiciste eso?—repitió Moragas con insistencia.
—Porque el asistente pegaba á mi hermano,—contestó el chico en ronca voz de pollo que muda para engallar.
Febrero desvió la atención de Moragas señalándole la puerta de una celda baja, al través de la cual asomaba el bulto de un hombre.