—Dejarlo—respondió Febrero suspirando.—¿Qué más da? Yo me voy de caza, de pesca, de monte...., de cualquier cosa.... Y no oiré, ni entenderé, ni me tropezaré con Cáñamo, ni con Nozales, ni con Don Celso Palmares, que después de andar diciendo que se moriría sin firmar una sentencia de muerte, ha firmado ésta.... Me libraré del espectáculo ridículo de la versatilidad de las muchedumbres; no veré á los mismos que hoy clamaban «vindicta pública», telegrafiar á los Diputados y Senadores para conseguir ese otro absurdo que llaman indulto....

—¿Sentiría V. que indultasen á su defendida?

—Sé que no la indultarán: corren vientos de severidad. Pero el indulto me subleva. Ó no condenar, ó no perdonar á capricho. La clemencia ministerial (ni real es) corre parejas con la justicia histórica.... Ea, adiós, Señor Don Pelayo; á menos que quiera V. acompañarme á la Cárcel.... Voy á despedirme de esa infeliz, y á darle ánimos, haciéndola creer mil embustes. ¿Me ayuda V. á mentir? ¿Sí? ¡Cuánto me alegro!


XIV

El Doctor aún no acababa de resolverse. Estaba en uno de esos períodos en que el corazón pide más descanso que lucha. ¡De cuán endeble contextura es la hebra del destino humano! ¡Cuán insignificante puede ser el movimiento psíquico que tal vez decide de una existencia!

Moragas miró á los vidrios de su ventana y notó que hacía un sol radiante, un día de Junio espléndido y no caluroso; y por esto y por la simpatía que le inspiraba Lucio, pensó, «pecho al agua»; se puso el sobretodo gris, y bajó las escaleras de muy buen talante.

Hállase enclavada la Cárcel de Marineda al extremo inferior del Barrio de Arriba; por un lado mira al mar, por otro—donde tiene su principal entrada—á una plazoleta irregular y en declive, entre cuyas baldosas crece la hierba. El aspecto de esta plazoleta es de los que enamoran al artista y desazonan al edil fomentador de reformas urbanas. Á la derecha, el gótico caserón de un noble; á la izquierda, la alta pared de la Audiencia; en primer término callejuelas y calles, y allá en el fondo, azul bahía.—Construida en el último tercio del siglo pasado, la Cárcel de Marineda guarda algunas fúnebres memorias de nuestros disturbios políticos: enséñase el calabozo de donde salieron varios liberales para la horca, y ciertos realistas á tripular un barco que en mitad de la bahía se desfondó, arrastrando al abismo su tripulación maniatada.

—¿Sabe V.—pronunció Moragas deteniéndose antes de franquear la puerta—que la Cárcel es angustiosa y triste ya antes de que se ponga en ella el pie? Esas rejas triples, comidas de orín, parecen telarañas urdidas por la coacción y el aburrimiento.