Moragas se rió, y murmuró, apoyando cariñosamente ambas manos en los hombros del abogado:
—¡Qué á pechos lo ha tomado V.! No lo creí. Es verdad que la causa metió ruido, y que Nozales puso toda la carne en el asador.
—Toda la carne.... Sí, la carne manida; carne de un siglo. Pero el pensamiento del auditorio contaba justamente la misma fecha que los argumentos de Nozales. ¡Les habló el lenguaje que entendían!....
—Y V. en chino—advirtió Moragas.—Aquella teoría del crimen por miedo sería muy ingeniosa en los Assises de París.... Lo que es por acá.... V. se pasó de listo, Sr. D. Lucio.
—¡De lo que me pasé fué de sincero!—exclamó apesadumbrado el joven defensor.—Á veces la verdad no es verosímil; yo lo olvidé, quise hacerla brillar en todo su esplendor, y sólo conseguí espesar la sombra. Nozales sí que estuvo acertado. Hay para uso de los tribunales, una especie de aleluyas del hombre malo y bueno que se aplican indistintamente á cualquier criminal: es una máscara clásica, como esas figuras alegóricas de yeso que representan las Virtudes, ó las Estaciones del año.—¡La humanidad es tan variada, tan diferente entre sí!.... ¡Cada alma es un mundo! Pero Nozales, y los magistrados.... ¡Cargue el diablo con ellos!
—Vamos, ¿ve V. como nadie es de bronce?—advirtió Moragas.—Se ha tomado V. interés por su defendida.... ¿Qué tiene de particular?
—No, Moragas.... No es eso,—respondió Febrero esforzándose en hablar sin violencia ni cólera.—Ella.... me es casi indiferente, y el querido, antipático. Mi interés es puramente ideológico. Me importan.... como concepto. Veo que ella va á morir.... no por criminal, sino por miedosa. Su crimen es horrible, nauseabundo; tiene circunstancias que espeluznan; conformes; pero si se atendiese á lo interno.... ella no debía morir.
—¿Cree V. que deba morir en garrote mujer ninguna?—preguntó Moragas fogosamente.
—Ya sabe V. cómo pienso en ese asunto.... No soy abolicionista.... Pero las mujeres, puesto que la ley las considera menores para infinidad de casos, y el derecho político las excluye, debieran encontrar ante el derecho penal la protección y la indulgencia que se deben al menor.—¡Y váyales V. con esto á los señores del margen!—Esa criminal de la Erbeda, por ejemplo, no hubiese cometido el crimen si no fuese educada bajo el régimen del terror viril. Me ha contado su historia. De niña, la pegaba su padre para obligarla á pisar tojo. De muchacha, en las romerías, la sacaban los mozos á bailar á empellones ó zorregándola un varazo.... ¡galantería rusticana! De casada, su marido no la solfeaba mucho (por eso dijo Nozales, parodiando á Meléndez Valdés, que era hombre de bondoso carácter); pero un día que vino más borracho que otros, la quiso meter en el horno y arrimar lumbre.... Sobreviene el querido.... y.... la conquista un día, por violencia, con amenazas y golpes; establecen el concubinato.... el marido los pilla casi infraganti, y hace la vista gorda.... sin duda por temor al Cirineo...., pero así que éste vuelve la espalda, agarra á su mujer de las muñecas, la lleva ante el horno...., la suelta después...., y por frases, por miradas, por intuición, ella comprende que el propósito es firme, que su marido tiene determinado matarla y sólo espera ocasión propicia. Así la va asesinando poco á poco, de susto. Al acostarse le dice siempre: «Cuando menos pienses te despiertas en la eternidad.» Y la mujer suprime el sueño, quiere que no la sorprendan, poder resistir, gritar.... ¿Comprende V. el estado psíquico que determina el no dormir en muchos meses? Naturalmente confía sus terrores al querido, que se alarma también por cuenta propia...., y claro, surge la idea del crimen.... Ahí tiene V. la génesis.... ¡Miedo!
—Pues nadie lo ha creído, sépalo V.—advirtió Moragas.—En el concepto general, el esposo murió porque estorbaba....